LOS 50X50 DE MIGUEL HERNÁNDEZ – Eduardo Lastres

Allá por el año 1992 se vio la idoneidad de realizar un gran homenaje al poeta Miguel Hernández después de cincuenta años de su muerte (1942-1992). Y así se hizo, la idea partió de Sixto Marco, Arcadio Blasco y otra gente, que vieron la pertinencia de reunir las obras de artistas fundamentalmente de la Comunidad valenciana, Cataluña y el resto de España, autores de gran calado, amigos y artistas comprometidos con la poesía de Miguel Hernández y con la postura política de izquierdas. Ahora, con mucho acierto, se retoma esta exposición, al igual que su itinerancia por diversas ciudades. Una exposición que no solo retoma una idea de unión entre artistas y el homenaje al poeta, también el paso del tiempo, la revisión de la aptitud y calidad de unas obras que ya cumplen veinte años. 50 obras que en su mayoría se ajustan al formato de 50 x 50cm. y 50 artistas, junto con los textos de Miguel Hernández muestran esa unión de la plástica con la poesía. Alguien escribe sobre la visión plástica que Miguel, el poeta, tiene y demuestra en su obra. Los nombres de algunos de los artistas colaboradores como Joan Brossa, Hernández Pijuan, Abad Miró, Andreu Alfaro, Amadeo Gabino, Grau Garriga, Genovés, Angeles Marco, Miquel Navarro, Soria, Teixidor, Iturralde,…están en la historia del arte, algunos ya fallecidos, aparte de la contribución de una larga lista de artistas de la tierra. Pero esta excelente muestra con tantos nombres importantes, como se puede ver hoy en el espacio expositivo difícil del Gil Albert, aunque la disposición de las obras en sus paredes crean un efecto un tanto acumulativo, queda resuelta, pues una exposición colectiva siempre es complicada.
En este planteamiento artístico que surge de la interpretación plástica de la poética de Miguel Hernández se produce algo realmente interesante para el arte como es el diálogo entre dos lenguajes, el plástico y el poético literario. Proceso de mixtificación que se ha dado muchas veces en la historia con desigual fortuna. La pintura de caballete, el mural, han tenido en muchas ocasiones, a lo largo de la historia, relación con el texto, es decir, la imagen al servicio de un texto poético o narrativo, y no siempre como una ilustración literal. Es significativo que todo el arte desarrollado durante siglos, a partir de los textos bíblicos, de su interpretación de las diferentes visiones e imágenes que forman parte de la cultura universal, como después fue una gran fuente de inspiración la mitología clásica, creándose desde el Renacimiento los modelos a seguir en la representación pictórica. Esta interpretación o representación visual de los textos ha constituido una pauta, en el arte universal. En el siglo XIX, la obra de poetas como Baudelaire, tuvo su gran repercusión en los pintores, Cezanne y Matisse, que reivindicaron también una mayor transformación o trasgresión de las formas y el pensamiento establecido. Y en el s.XX, la relación entre poesía, relato y arte plástico es todavía más evidente como lo fue en la obra de Philip Gustom en su serie de pinturas figurativas dedicadas a la obra de T. S. Elliot, Tierra Baldia. También lo podemos constatar en un artista como Jaume Plensa, Premio Velázquez de Artes Plásticas 2013, que en sus entrevistas siempre comenta que lo que más influye en su obra plástica, en su escultura, es la obra de los poetas más que la de los artistas plásticos, el valor de la poesía, su lectura y su interpretación visual. Y esto es más evidente de lo que parece, ya que la visión del poeta, de su expresión es, la mayoría de las veces, descriptiva de un paisaje, muchas veces, interno y personal, pero otras externo; lo que significa imagen, imágenes del inconsciente pero también de la realidad. En esta dinámica, los artistas plásticos buscan algo más que la realidad visible, buscan toda la información visual posible, desde todas las experiencias vitales como la que muestra la literatura y, sobre todo, la poesía, por su poder de abstracción y sugerencia visual. Podemos ver un ejemplo en la obra poética de Miguel Hernández: /verde, rojo, moreno; verde azul y dorado/ los latentes colores de la vida, los huertos, / el centro de las flores a tu pies destinado/ de oscuros negros tristes, de graves blancos y yertos…/ Así, desde múltiples ópticas, los poetas describen sus emociones buscando en la realidad física, testimonial, paisajista, esa imagen que por si misma es capaz de estimular la visión del artista plástico.
Esta exposición que podemos ver en el Gil Albert, 50 x 50 Homenaje a Miguel Hernández, está reivindicando esta relación inexcusable entre las artes, la unión tan necesaria de todos los esfuerzos creativos en favor de la expresión y de la comunicación del arte. Por los nombres, por las obras, por el esfuerzo necesario de intercomunicación entre las distintas disciplinas artísticas se contempla esta exposición, abierta a todas las sensibilidades, al igual que la poesía de Miguel Hernández, y que toda la poesía. Una expresión, la poética, de marcado registro minoritario por el esfuerzo que, en un primer momento, supone para el gran público el entenderla. Pero al mismo tiempo es necesariamente mayoritaria como expresión de la singularidad, en tanto expresión del alma, producto de una síntesis propia a partir de la lectura de la poesía y del arte, pero también de la vida. La necesidad de expresión, desde el principio de los tiempos, ya sea a través de la palabra o de la imagen, o del gesto, la mancha, la forma visual…, es la fuente de la creatividad del individuo, pero entendiendo el esfuerzo del ser humano por entender los grandes misterios de la vida, de la existencia humana, tan amada por el poeta Miguel Hernández.

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