LA BUENA REPUTACIÓN.- Luis García Montero

Leo la última novela de Ignacio Martínez de Pisón, La buena reputación (Seix Barral, 2014), y reconozco en mí el protagonismo de la figura del lector. No se trata sólo de que me guste mucho el libro, sino de que sienta en cada página la importancia de la mirada del lector. Su privilegio en el hecho literario. La retórica llama narrador omnisciente al autor que escribe desde la perspectiva del saber absoluto. Más allá de lo que conoce cada uno de sus personajes, la voz que cuenta llega hasta cada rincón de las ciudades, cada recuerdo de todas las memorias y cada sueño de las noches que pasan con los silencios, los miedos y las ilusiones de la gente. La lectura de La buena reputación consigue crear un lector omniscente, alguien que en un argumento lleno de sorpresas siente que se lo sabe todo, porque todo lo que descubre habla de él mismo y de la historia de su familia.

Es un privilegio conseguido por la literatura en una historia que tiene que ver con la identidad, las repeticiones y el sentido de la permanencia. Las personas cambian mucho. Sabemos que las personas no están selladas con plomo, que la vida extiende sus hilos y teje un ser domado de un rebelde, un alma rencorosa de un ejemplo de amor o un adúltero de la fidelidad andante. También la mezquindad se transforma en voluntad de entrega y el egoísmo en sacrificio. Lo sabemos al valorar el paso de los años en la existencia de los demás. Pero como los años pasan al mismo tiempo por nosotros, y nos cambian, y nos descambian, no alcanzamos a calibrar del todo el sentido de la mutación, esa perpetua materia en movimiento que llamamos identidad. La literatura ilumina lo que diluye la costumbre.

Los poemas hablan de peces que quieren ser pájaros o de vientos que sueñan con la quietud de la piedra. Las obras de teatro ponen en escena un biombo para que el hombre que entra en él salga convertido en una muchacha o la directora autoritaria en un alumno castigado. Las buenas novelas no necesitan otra experimentación que la de contar la historia de una familia. Nos enseñan así la deriva de las mutaciones y los regresos, las curvas que se dan en el sentido de pertenencia, las fragilidades de la identidad y los códigos de la repetición. Nos enseñan que más allá de los héroes y los villanos, de las victorias y las derrotas, la vida es una tarea de resistentes.

La buena reputación se pone en marcha con la historia de un matrimonio. Mercedes, la hija de un militar católico, se casa con Samuel, un judío de Melilla, el hombre de confianza del Régimen franquista en la comunidad hebrea. La indagación profunda sobre la identidad que desata Martínez de Pisón no se limita a una atractiva geografía de cóctel: una ciudad española en África, junto a un Marrueco colonizado a punto de conseguir su independencia, en la que habitan tres dioses y muchos negocios en situación de incertidumbre. Tampoco basta con detectar las contradicciones de una mujer que se enamora y se casa con un judío, pero rechaza en su hogar la liturgia de la sociedad hebraica, y de un hombre que parece indiferente a los ritos y a las costumbres de su comunidad, pero acaba poniéndose en peligro para salvar a los judíos que necesitan huir de Marruecos hacia Israel.

Ni siquiera debemos quedarnos en los pies de barro del heroísmo, de cualquier heroísmo, pensando que Samuel sólo pudo ser un hombre justo con los judíos por el prestigio adquirido en los negocios de los militares franquistas. Lo que acaba imponiéndose en la novela es que La buena reputación no depende de la opinión de los demás, sino del mundo interior de los personajes, su forma de afrontar las herencias, la culpa, la ilusión, el secreto, la soledad, el amor y los pactos con la vida cotidiana. La existencia no es un poema épico por mucho que se empeñen los héroes de las patrias, las religiones y las consignas. La vida es la novela realista de cada ser humano, una novela en la que hay demasiadas situaciones propias de esa intimidad quebradiza que persiguen los buenos poemas líricos. El libro de Martínez de Pisón, que empieza narrando un rincón poco conocido de una identidad fuerte, la Melilla judía de la primera mitad del siglo XX, acaba deslizando una experiencia de conocimiento: el respeto que se merece cualquier ser humano. Más que juzgar desde lejos, conviene conocer por dentro la novela de cada personaje.

El lector vive la historia de los abuelos, los padres y los nietos… y se acostumbra a conocer. El lector omniscente cierra el libro y piensa en su propia familia. Siente el deseo de llamar por teléfono, de preguntar, de interesarse, de volver a hablar, de quedar un día, de perdonar y ser perdonado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.