Dominique Ingres en el Prado.- Eduardo Lastres

El Museo del Prado, siguiendo con una de las principales líneas de actuación que rige su programación de traer a grandes nombres de la pintura universal pero no representados en el museo, estos días, nos invita a contemplar una selección muy reveladora de la pintura de Dominique Ingres (1790-1867). Artista que responde con contundencia a las condiciones culturales y sociales de uno de los momentos de la historia más complejos, los años posteriores a la revolución francesa. Ingres, desde muy joven, demuestra una gran disposición para el arte de la pintura y del dibujo, pero su aprendizaje estaba mediatizado irremediablemente por la academia del entonces artista más famoso de Francia, Jacques-Louis David (1748-1825), quien representaba un arte vinculado a la exaltación de los valores de la revolución francesa, a la exaltación de la figura del héroe, desde los cánones clasicistas, que la nueva sociedad asumía, y que se imponían como los rasgos característicos de un “nuevo estilo”. Ingres es seguramente uno de los artistas más virtuosos que se ha dado en la historia de la pintura, posterior al Renacimiento y Barroco. Su gran calidad como pintor se observa con claridad en esta exposición, donde algunas de sus primeras obras ya evidencian la gran facilidad que poseía para reproducir la realidad, sobre todo, la figura humana, pero también para el retrato, en el que seguramente es, después de Holbein, uno de sus más elevados exponentes. Pero no fueron nada fáciles estos primeros pasos en la creación de un discurso propio, para Ingres, ya que la influencia de David en la pintura de su tiempo condicionaba la mirada a una técnica pictórica virtuosa, lo que no era un obstáculo para Ingres, pero en la que el tema determinaba la ejecución, limitando excesivamente la libertad creativa del pintor, que debía de resolver el problema de la composición dentro de un esquema estático y muy grandilocuente, demasiado impostado. Ingres, como alumno aventajado de David, sigue en sus primeras obras estas rígidas pautas hasta que, en un viaje a Italia, a Roma, donde permanecerá durante 18 años, no solo puede ver a los artistas primitivos y del Renacimiento, a Miguel Ángel, Rafael, Leonardo, etc., sino que se encuentra con la obra de Poussin, pintor francés (1594-1665), en la puede ver finalmente cuál es el verdadero sentido de la pintura universal, descondicionada de la impostura del arte posrevolucionario, creado alrededor de la figura de Napoleón. Ingres confesará en una frase, que ha pasado a la historia, el gran significado de la verdadera pintura: “David me ha engañado”. Frase con la que certifica que el arte promovido desde la autoridad de David con su “Estilo Imperio” que asume el empleo de los colores cálidos de la pintura Veneciana, con la idea de la pintura en la relación entre colores, formas y composición. Ingres vuelve, y esto se aprecia claramente en la exposición, a retomar el camino donde la pintura refleja aspectos de la realidad sin la imposición de ese rigor estático de la pintura de David. Ingres realiza unos retratos, a su regreso a París, de la nobleza y la alta burguesía parisina, en los que demuestra su gran dominio en la reproducción de detalles, espacios, texturas, superficies de la realidad que retrata, en cuya construcción incluye efectos como el reflejo en el espejo, creando la sensación en la que reclama un espacio pictórico en el que el personaje retratado, convive con una realidad con toda naturalidad. Los detalles que Ingres recoge en las vestimentas, en los elementos arquitectónico de las habitaciones, forman parte del discurso plástico que lo situaría en la modernidad, aunque fue muy fue criticado por sus contemporáneos. Pero posteriormente artistas como Picasso, Matisse…, reconocieron su maestría, su referencia. Ingres aporta, además, una de las características que definirá el arte contemporáneo. Ingres además de ser un autentico virtuoso en la pintura lo cual implica un conocimiento y un trabajo absolutamente exhaustivo, fue un virtuoso maestro del violín, llegando a ser segundo violinista de la orquesta del Capitolio de Toulouse. El dominio de dos registros tan complejos, como el virtuosismo en pintura y en la interpretación musical, le dan Ingres la característica de un artista superior. Esta convivencia de conocimientos dio motivo para que un artista como Man Ray, (1890-1976) fotógrafo americano, utilizara uno de sus cuadros más conocidos, “la gran bañista”, como icono pictórico y motivo para un ejercicio dadá, surrealista. El desnudo de espaldas de su compañera Kiki de Montaparnasse, cuya posición recuerda evidentemente al cuadro de Ingres, tiene dibujado en su espalda los orificios de la caja de un violín.Esta exposición estará en el museo del Prado hasta febrero del 2016, pero ya desde sus primeros días la asistencia de público ha sido masiva, se ven largas colas para poder ver la pintura de este artista tan importante para la cultura universal. Un verdadero acierto el que grandes museos como el Prado, de colecciones tan emblemáticas, se atrevan a recoger en sus salas los trabajos de artistas contemporáneos y no contemporáneas, una línea de actuación museística que enriquece la gestión de nuestro principal museo internacional

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