Por una cultura más culta. – Eduardo Lastres

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¿Hay muchas clases de cultura, baja, media, alta? ¿Es éste el debate, una distinción entre una cultura que busca interesarse en atender a los barrios y otra cultura que atiende a los centros de la ciudad?

Una discusión, anacrónica, si entendemos que la cultura es universal. En el siglo XIX, no, pero en el XXI, alguien de barrio puede tener carrera y master como alguien del centro. La gestión cultural debe intentar hacer una programación global, en la que estén integrados todos los recursos, todos los activos que el conocimiento y la práctica de la cultura pueden ofrecer, pero lo que es evidente es que la aspiración a confluir todas estas fuerzas en grandes eventos, en manifestaciones que tengan eco en el ámbito nacional e incluso internacional es lo que lleva una sociedad al éxito, a su progreso, y ello se debería priorizar.
Todo es cultura, desde hacer bolillos, a exposiciones de grandes nombres del arte. Todo sale del cultivo de unas disciplinas, de la interiorización de un conocimiento. Pero lo que nos pone en los diarios, en los medios de comunicación, lo que nos conecta con la universalidad, no es la cultura que satisface un ocio diletante, dedicada a un público poco formado que se conforma con talleres al aire libre, donde los niños pinten. La cultura con mayúsculas es la que trasciende el ámbito local y nos conecta con el mundo. Cuando viene un autor/a de cierta relevancia en su medio, músico, poeta, cantante…., la sociedad responde, y no solo la que vive en el centro, ese es el error, vienen desde donde sea a ver y a escuchar a ese personaje, de los barrios, de otras ciudades y poblaciones, de otros países. Si hablamos de una exposición de arte, estamos en las mismas. Una muestra de artistas locales sin una proyección nacional tiene menor calado, no posee un verdadero interés ni siquiera para los artistas. Pues de qué les sirve exponer sino van a salir de su ámbito. También el público pierde el interés por ver arte, pues tiene la sensación de más de lo mismo. Sin embargo si traemos a artistas de nombre nacional e internacional, y los confrontamos con los locales, es evidente que el punto de vista se amplia enormemente, y que la frontera entre lo local y lo no local desaparece. Entonces estamos hablando de Cultura, de Universalidad. Este interés concitará un mayor número de gente en las salas de exposiciones y el debate sobre arte, sobre Cultura, estará abierto a todos.
Pero parece que es muy difícil de entender que la cultura es un bien social. Un bien que en la actualidad sale de la base social, pues existe una facultad de Bellas Artes en todas las provincias de España, el arte ya no es dominio de una élite. Pensar en una cultura como elitista es caer en un grave error y, sobre todo, en un ejercicio de confusión. Solo el gran arte compensa a quien lo ve, tenga la altura intelectual que tenga. Todo el mundo tiene derecho a recibir la información para poder participar de la cultura, en igualdad de condiciones. Todo autor tiene derecho a que se le atiendan sus reivindicaciones en el campo de la cultura. Pero una cultura deficiente solo crea frustración y desorientación, y esto crea enfrentamiento, y desigualdad. Contentar con actividades de simple ocio como si se estuviera haciendo cultura, sin un verdadero interés, puede producir una cierta satisfacción en parte del público, pero esto solo trasmite la imagen del gran desconocimiento que tienen los responsables de gestionar la cultura. Estaremos creando gente inculta, incapaz de ser crítico con lo que ve.
La cultura exige su nivel de profesionalidad, y cuanto mayor nivel ofertemos a la sociedad, más se enriquecerá esta. La profesionalidad es la clave para entender qué se debe accionar para gestionar una cultura importante. No buscaremos a un estudiante de medicina para que nos cure de nuestros males, ni pondremos a un aficionado a la música a dirigir una sinfónica.
La gestión de la cultura desde una institución pública, debe tener una visión universalista, una visión de la cultura como un bien general no como algo coyuntural. Con esta concepción se comprende fácilmente el que no se debe escatimar en medios, pues invertir en cultura es invertir en progreso seguro a corto, medio y largo plazo, conociendo las claves, claro. Se puede atender a todas las sensibilidades, dar respuesta a todas las demandas lógicas, también la popular. Pero lo más importante es tener una visión de la cultura que sea lo suficientemente creativa y amplia como para tener la capacidad para transformar una sociedad, de pies a cabeza. Si no se es capaz de verlo, seguiremos en la senda en la que Alicante lleva decenios, la de no saber que la alta cultura es un derecho al que todos debemos aspirar a disfrutar y a entender. Si no actuamos así, intentando mejorar, para subir el nivel de nuestras aspiraciones culturales, seguiremos en esta abulia de mar, playa y hogueras, pero también de paro, suciedad…. Esta es la imagen actual que nos da la medida de lo que es Alicante. Sin una cultura acorde con los tiempos, jamás podremos aspirar a ser otra cosa que lo somos, una sociedad semidormida, apática, y sin futuro, que se ha quedado muy atrás con respecto a otras ciudades que sí han procurado y apostado por estar al día en la modernidad.

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