Salvador Dalí en el escenario del arte. – Eduardo Lastres

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La escena se repite con una frecuencia tan inusitada que hace de Dalí una figura importante en el ámbito estadunidense.

Salvador Dalí baja, allá por los años cincuenta del pasado siglo, por las escaleras de Waldorf Astoria, a su derecha, una pantera y a su izquierda, una imponente mujer negra casi desnuda como la noche. La gente le espera expectante, reconociendo su valía como refulgente personaje al que casi todos los americanos le deben pleitesía. Su inseparable, su musa, Gala, unos pasos más atrás, contempla la escena, entre divertida e irónica. Nueva York está a sus pies, la gente guapa de NY le adora, a este personaje, entre payaso, bufón histriónico y cínico griego. Inteligente sí es, por encima de la media, se ríe del mundo y expresa con gestos muy estudiados todo lo que para los demás es un misterio de vida, de destino existencial. A ratos, con sus amigos, en Cadaqués, su lugar de reposo, ante los suyos, es un hombre sereno y equilibrado. Cuando sale al exterior, al mundo real, se convierte en un ser extravagante, excéntrico y lúcido, extremadamente lúcido, que invoca sin rencor la inteligencia del espectador, pero sin respeto al torpe, al cerril.
Hijo de notario, le mandó una carta con una bolsa de su propio semen, diciéndole: “aquí te devuelvo lo que me diste”. Prefirió la burla, el escarnio al amor, del que renunció desde siempre. Solo el juego, el juego a la distancia apropiada, en el amor, en el arte, incluso en la pintura. La Residencia de Estudiantes de Madrid fue el espacio para su formación más excelsa, fue la plataforma desde donde se lanzó al mundo. Desde esa sociedad de pocos y bien avenidos que creó el mayor impulso intelectual que vieron los siglos. García Lorca, el genio de Luis Buñuel, en ese dialogo de colaboración de hormigas y ojos, y otros importantes como Salvador Bacarisse, José Moreno Villa, Rafael Alberti, Jorge Guillén y Juan Ramón Jiménez. También Severo Ochoa fue residente y otros muchos miembros de la intelectualidad de aquellos años: Miguel de Unamuno, Manuel de Falla, José Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Eugenio d’Ors, Manuel Altolaguirre y tantos otros. La Residencia de Estudiantes, un refugio de seres ensimismados en la conversación, en la manera de ver el mundo desde la atalaya del criterio y del saber.
Pero lo importante para esta historia es saber qué hizo Dalí por la pintura. El sabio y ecléctico Dalí aprendió aquello que le hizo falta para hablarnos a todos, siempre desde sus obras, del deseo, de la pasión, pero también de la mentira. Su voz virtuosa aclara los campos del paisaje de Cadaqués y de la España profunda, sus llanuras, sus costas de aguas transparentes y seres demoniacos, anti- descriptivos, absurdos. Pero su genio los hacen parecer reales como la vida misma. Seres blandos, objetos que se doblan por el peso del tiempo, por la voz sonora de la historia. Dalí siempre estará atento a todas las formas de hacer arte. Recurrirá a Vermeer, a Velázquez, al Bosco, a los pintores románticos de paisaje, a los pintores holandeses y alemanes del XVII, a sus visiones plásticas, para representarlas desde una óptica de su tiempo, surrealista, distinta, transgresora, contadora de historias, incluidas las premonitorias. Así se valoran algunas de sus obras, como anticipos de las guerras y los eventos en los que la historia estuvo presente.
Cuando viví en Italia, años setenta, Dalí estaba en boca de todos. Cinzano le había encargado el diseño de una botella de la que se vendieron cientos de miles de ellas. Estaban numeradas como si fueran múltiples artísticos. Todo italiano que se preciara tenía que tener un Dalí. Así el artífice también firmaba papeles en blanco que otros realizaban y pasaban por suyas. “Avida Dolars” era el nombre, variante descompuesta de Salvador Dalí, con que sus “amigos” le empezaron a llamar. Su avidez era algo que perseguía con la fuerza que le dio Gala Eluard, la esposa del poeta Paul Eluard, del que se separó viendo las posibilidades que le ofrecía este nuevo Salvador Dalí, más excéntrico, más generoso, más internacional. Y Dalí no le falló, se convirtió en el más extravagante representante del comercio del arte, antes que los Demian Hirst, Jeff Koons, o Wei Wei, o Marina Abramovic, simples aprendices del maestro Dalí. Pero en su afán por perturbar con sus obras, llegó a estigmatizar la visión de lo religioso, culminando en la virgen de Port Lligat, la propia Gala exaltada a los altares del arte por su compañero Dalí. Gala&Dalí, Dalí&Gala, una pareja inseparable, donde la expresión más salvaje, pero también más kitch, elevaba a los altares a un productor como él. Admiró y dio pábulo a los más terribles hombres, alternó con Franco, el dictador odiado por Picasso, quien se negó a verle. Pintó a la nietísima a caballo, presentando la obra final en un desorbitado evento en el Prado, y denunció con estudiada ironía cuando dijo: “Pablo Picasso es comunista, yo tampoco”
Su vida acabó con el mito, pero algo o mucho queda de él. Su obra es valorada por su excelencia en el trabajo del arte, el cine, la fotografía, los escenarios, sus libros ilustrados. Todavía se sigue estudiando sus intervenciones en los distintos medios en los que trabajó: en películas animadas, en el cine con Buñuel, sus grabaciones, conferencias, diseños, ilustraciones… Un artista multidisciplinar y revolucionario en su manera de expresarse, que supo construirse y mantener una imagen tremendamente visible y única, sobre lo que aún podemos debatir, y esto es mucho.

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