Sobre Remigio Soler.- Eduardo Lastres

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En estos últimos años, una de mis preocupaciones, por la que me he movido más en la gestión del arte, ha sido la de recuperar a nuestros artistas más preclaros.

Así comencé por tratar de rehabilitar la memoria de Emilio Varela. Para ello realicé durante años una prospección en busca de obra y de toda la información sobre su vida, resultando de ello la gran exposición que se realizó en la Lonja del Pescado, con la colaboración del Consorcio de Museos y la Concejalía de Cultura de Alicante. A este reconocimiento siguió otro, con ambas instituciones, a la obra de Pérez Pizarro, también expuesta en la Lonja, que desarrollé con emoción, ante el primer abstracto de nuestra historia. Al hablarse de la recuperación de la vida y la obra de Remigio Soler, entendí que era, asimismo, un trabajo necesario de actualización, sobre todo, al tratarse de un artista denostado por la modernidad. En este artículo reivindico la figura de este autor porque creo que debo hacerlo por coherencia con mi pensamiento y mi trayectoria como gestor y comisario de arte. Por ello creo mi deber hablar más ampliamente de lo que sé, del trabajo, de la obra, de la elección artística de este autor. Remigio Soler vivió inmerso en un momento histórico difícil y, debido a ello, su vida y su obra toman una determinada dirección. En este artículo, trato de explicar esta afirmación, analizando cómo este contexto social, político, artístico pudo influir sobre él. Así que hagamos historia. Muy joven, tuve la oportunidad de conocer su obra en varias ocasiones, y la verdad es que siempre sentí que Remigio Soler estaba en las antípodas de mi reflexión sobre el arte. Aunque reconocí de inmediato su habilidad en la técnica de la talla en madera, incluso cierta visión un tanto idealista, en sus primeras obras, una mirada plácida hacia la vida. Se notaba que esa mirada desprejuiciada auguraba a un artista que, de alguna manera, iba por libre, que no estaba inmerso en el discurso del arte del momento que muchos de los artistas estábamos llevando. Y eso no era ni bueno ni malo, solo que su camino era otro. Los años sesenta, setenta, en España, fueron tiempos difíciles para la cultura, el franquismo había impuesto su férrea visión del arte más tradicional. Sin embargo, en Europa esos años se vivieron como en un campo de batalla artístico, donde el arte jugaba a definirse como fuertemente crítico con la sociedad y con el mismo arte. Momentos de gran confusión pero también de grandes ideas donde se cultivaba todo. El artista debía casi imperativamente tomar posición ante el nuevo hecho artístico. Y aquí se abrió una brecha entre lo tradicional y la modernidad. Y qué hizo Remigio Soler, mantenerse al margen, vivir su historia personal. Y esa fue la razón por la que los artistas de la época, yo mismo, lo vimos como un artesano, como un ser alejado de las nuevas corrientes. Su situación y su contexto, lo puso en contacto con la sociedad más cerrada al arte contemporáneo. Estableciéndose ya en esos años una postura de rechazo ante lo moderno, lo novedoso, creándose una barrera con ese arte que la nueva democracia, la sociedad, reclamaba, un arte más universal y contemporáneo con sus fallos y con sus aciertos. Pero hablemos de Remigio Soler, de su obra y de su opción humana ante el arte. El tiempo ha demostrado, como siempre, la fragilidad de las nuevas ideas cuando estas son, en cierta manera, impuestas y no son del todo asimiladas. Cuestión esta complicada, pues el arte es, ante todo, así lo entiendo yo, esa búsqueda interior que el artista hace por encima de modas y de otras cuestiones al margen del propio arte. Una búsqueda obsesiva por determinado camino debe poder desarrollarse con la mayor libertad pero con el mayor rigor con esa idea del arte. Es importante el dominio técnico, para poder expresarse, pero además de ello, la cultura plástica, el conocimiento de la historia es fundamental para poder evaluarse uno mismo, y así poder avanzar en su idea del arte. Remigio Soler basó su obra en la satisfacción del trabajo técnicamente bien hecho. Le bastó seguir modelos que a él le parecían importantes. Gastón Castellón y Pepe Gutiérrez fueron esos maestros que le darían la pauta, dos artistas, también, marcados por sus circunstancias, que tampoco asumieron la modernidad de los años 80. Después de tantos años de oscuridad, la sociedad buscó la mirada al exterior y, como en un movimiento pendular, nos alejamos del pasado, se buscó el olvido de todo lo que oliera o se identificara, falsa o acertadamente, con franquista, y muchos de nuestros autores, entre ellos, el propio Varela y Remigio Soler, quedaron inmersos en esa injusta lectura de la historia. Como consecuencia de esta circunstancia social, el artista en general tomó diferentes caminos, y Remigio Soler se mantuvo en el campo de la tradición. Pero con esto no hay que creer que los que eligieron los nuevos caminos fueron los verdaderos creadores. Para nada, hay algo que está por encima de esas elecciones coyunturales y es lo auténtico. Y en esto, en lo de ser auténtico, Remigio Soler sí lo fue y mucho. Equivocado o acertado, buscó con más ahínco que otros, considerados artistas, su camino exigente y propio, y lo encontró en esa mirada sencilla pero a la vez crítica, en su trabajo minucioso en la técnica, y también en su vivencia religiosa, social. Seguramente algo que no perjudicó a su obra sino que la liberó de otros condicionantes. Ese es su verdadero valor. Mi mayor respeto por el trabajo sincero, sin falsas visiones de apariencias modernas.

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