El pulso de la tierra de Antoni Tàpies.- Eduardo Lastres

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Antoni Tàpies (Barcelona,1923-2012), nacido en el seno de la burguesía catalana del siglo XX, repite un modelo que se dará en otros artistas como Marcel Proust, Toulouse Lautrec, Munch, Alberti…,

de pequeño sufre una enfermedad que lo hace pasar largas jornadas en cama, con tiempo y sosiego suficiente puede reflexionar sobre el sentido de la vida, del arte, se construye un refugio donde repensar la vida.
Tras una obra escueta, constreñida, encuentra una primera verdad en el arte figurativo, aunque no realista, Tàpies odia el realismo, su significado, también odia la pintura de registro histórico. El surrealismo será su segunda casa, se concentra en su rostro dibujándolo a través de multitud de sinergias antiguas, Durero, Courbet, Goya…. Su insistencia en el dibujo le da la capacidad para mirar la realidad desmembrando de ella lo inservible.
Pero aparece en el panorama internacional la obra de Alberto Burri (Cittavechia, 1905-Niza, 1985), un artista alternativo que busca en los materiales más humildes la posibilidad de establecer una relación con la historia contemporánea, pero sin perder de vista los resultados oscuros, transgresores, de los efectos de la guerra mundial. Estos nuevos registros le valen a Tàpies para entender desde la mirada más sensible lo nuevo del arte de los sesenta. Una nueva sensibilidad que le remite a los elementos que han conformado su ideario, sus emociones, en sus felices años de infancia en el campo, en contacto con la tierra, los tejidos primarios, las emociones de ese primer conocimiento. La valoración y revisión del mundo de la infancia y su larga mirada a sus elementos primarios darán consistencia a sus encuentros con su expresión artística desde la materia. Y se reafirmará en esa simplicidad que desautoriza la importancia dada a los aspectos más erróneos de la plástica virtuosa.
En su biografía cabe destacar su encuentro con Picasso. El día que lo visitó, cuando Tàpies empezaba a ser Tàpies, el dios Picasso en su casa de Vallauris estuvo realmente inconveniente, aunque Picasso, cosa rara, le aguantara sus desmanes al joven. Tapies demostró su incapacidad para ver lo que el gran toro le quería mostrar, su pecho dorado de sol andaluz y sus atributos masculinos que a la vez eran los pictóricos. Pero en ese momento Tàpies no quería decir lo que no pensaba, y así, de un plumazo, determinó el fin del arte clásico de Picasso. Otro viento crecerá en el arte europeo, mundial, y en él, Picasso no estará como jefe de filas aunque eso será motivo de largos debates durante mucho tiempo.
Antoni Tàpies en su masía catalana, ya asentado en el arte universal como un producto de la tierra, se levanta, desayuna y sale a la era frente a la casa, anda en círculos ensimismado durante el tiempo que haga falta, el tiempo es lo de menos, lo importante es la trasmisión, el flujo con el cielo, si es que existe, pero, sí, existe…. Se levanta todos los días soñando con la fuerza de los mantras. Un catalán en zapatillas de felpa, vestido de payés pero que mira a oriente. Durante el día se asoma al mar de tierra de su paisaje, aunque nunca pintara uno. Pero la tierra, esa tierra antigua, espesa, dura, tras el miedo a lo virginal, también es el sentido de la modernidad, será la cara oculta que marcará un espacio en el arte español, ¿en el mundial? Eso es otra historia y él lo sabe. Entre la investigación de los materiales más humildes y el de la ejecución a partir de arenas, estuvo el quehacer diario de Tápies durante años. La tierra labrada con los dedos, con las manos, con una simple rama cogida en el campo. Un corazón de hierro rojo de la tierra, sublimado por la tierra, el gesto pagado de rigor, el cierto e incansable dueño de la literatura del gesto, sujeto a la postal del aire. Un cierto olor a eternidad sobre cuatro barras rojas, un sonido de músicas que vuelan sobre el tapiz de barro, sobre el metal profundo, sobre el negro hecho color: la soledad del estudio inundada por la luz mediterránea. Tàpies solo en ese cielo, en ese mar, es capaz de volver a escribir una nueva historia una vez más. En el dorado mar de las estrellas fugaces, en el desierto de la paja resuelta en pan de oro, en el dominio del barro y de las formas falsas, antiacadémicas, Tàpies recoge un todo singular de vejez oculta entre los pinos milenarios y ese silencio de las casas de campo en la ribera de los dinosaurios. Todo traducido en márgenes de piedras amarillas bajo la atenta mirada del payés. Está inventando el suelo y la escalera que va al piso superior donde está la cambra, donde habita el sueño de los creadores, el sol entre las lamas durmiendo polvo. Reconocimiento del hacedor en el trasunto de volcar la materia sobre el suelo, como hiciera Pollock, pero el gesto de Tàpies es más rígido, más eléctrico, y a la vez, se crea desde la pausa, como corresponde a su mirar levantino, fenicio, romano, griego, antes que árabe. Y sin embargo, escucha y mira a oriente, se debate en él, lo percibe entre bosques y un desierto de nubes extranjeras que pasan difusas por el aire. Los materiales del arte, de su arte: el mueble, el violín, la puerta, el hierro, el plato, la madera, el cartón, el clavo, el signo mas, la cruz, y un desnudo dibujado en tierra, una cabeza de cuatro perfiles y un pie y una mano y una T de Teresa o de Tàpies, de tierra, bajo un sol de caliza hecho misterio.

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