Pablo Picasso. El óbito (1881-1973).- Eduardo Lastres

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Su muerte, 8 de abril de 1973, me pilló en Italia, en Faenza, la Emilia Romagna, donde vivía. La noticia corrió como un reguero de pólvora por todas las calles del mundo.

Y los medios se expresaban como si la fuerza del genio inundara todos los espacios, todas las naciones, todas las ciudades. Era como la gran explosión, la gran muestra, el último espectáculo del artista más grande de la historia. Picasso nos había abandonado. Sí, es cierto que habían habido otros antes, los famosos Leonardo, Miguel Ángel, Hölbein, Vermeer, Van der Weyden, el Greco, Matisse, Cezanne, Modigliani…, pero no eran Picasso.
No había transcurrido apenas tiempo, tan solo unas horas, y aunque la noticia estaba en todos los medios, sobre todo en televisión, nadie creyó posible que Picasso hubiera muerto. ¿Acaso puede morir lo que está ya en la historia? ¿Acaso la historia no está escrita para que reflexionemos a partir de estos nombres?
La noticia vuela y su escala es cada vez mayor. La lleva el viento hasta los lugares más recónditos. Giacomo Manzú, su amigo en el arte y en la política, en la TVI, habla de la importancia del personaje y del hecho de su muerte, de la ilustre singularidad del instante, de cómo se reproducen los instintos más salvajes ante la muerte. Morir no es un estado de presión, es la insignificancia del ser. Pero ese ser, Pablo Picasso no puede ser otro número más en la nómina de la parca, sería absurdo. Picasso no está ya entre los vivos, la evidencia se va haciendo cada vez más cierta, atiende con sus retos a toda la humanidad, a todo el orbe. Mueren también otros artistas con él, sucumben más de mil, millones de ellos, a través de sus libros, de sus expresiones, de sus quejas. Salta a los medios, antes que nada, la pequeña historia de los últimos momentos. Nos cuentan que Picasso le dijo a su médico: “Cásese Vd., no lo evite, con quién mejor que con la persona amada”. Una conclusión que va más allá del insulto, de la duda, de lo inútil. Manzú hará un discurso enfrentado a otras opiniones, a otros discursos, hablará de sus desnudos pontificales, de sus bailarinas herederas de Degas, de las deudas con el Renacimiento, sobre todo con Desiderio da Settignano. Hablará del comunismo como religión y como base de la reproducción asistida, también del recuerdo de unas horas con el genio, otras largas reflexiones sobre el aura ya consumida. Parece no parar de hablar de lo innombrable, del acontecer en la esquina del mundo pero dentro de él. Apenado por el transcurso de los acontecimientos, plantea unas cuantas dudas para la humanidad. Un sobresalto, un alboroto, la muerte acontece para quien la quiere y no la quiere. Y Picasso ya ha lanzado su último retrato, aquel en el que se ve ya extrapolado de este mundo, en blanco y negro, como el Guernica, con sus grandes ojos sorprendidos.
Hay una incredulidad en el ambiente a pesar de las noticias. El mundo sigue ofuscado, nadie cree en su muerte real o, al menos, nadie está con esa certidumbre, y menos yo que lo admiro hasta no ver que todo mi dolor es consecuencia de la no participación en los hechos. Atrás quedó el ansia de mi padre, muerto dos años antes, por que fuera a visitarle. Me lo dijo mil veces y yo no le hice caso, preséntate en la Californie y dile: “Mi padre Enrique sirvió en la 111 brigada mixta en el frente de Madrid, allí conoció a Alberti y a María Teresa de León, su esposa, a Federico García Lorca, del que oyó un poema dedicado al coño de su novia…”. Debí de ir, pensé este día trágico, con toda la vivencia de ser el amigo de estos personajes tan importantes para el propio Picasso.
La muerte de Picasso fue un nuevo estímulo para los marchantes de arte del mundo, los museos, las galerías, que esperaban el evento, estaban al loro de los últimos acontecimientos del artista. Como tres años antes con la muerte de Rothko. Pero con lo aprendido en otras muertes de artista, con las nuevas leyes de trasmisión de bienes culturales, se dispuso a inmovilizar las transacciones de sus obras. Se paralizó todo ante el inmediato futuro. Había que leer de nuevo el valor de su obra, ya muy elevado, pero aún así, se detuvo todo ante el riesgo de faltar a la nueva realidad, la de una nueva perspectiva de los Picassos. Todo el mundo se observaba, negándose a realizar cualquier nuevo acuerdo sobre futuras exposiciones y propuestas. La muerte ordenó parar.
La muerte, ese estado supremo donde solo se está una vez, pero Picasso ha estado allí mil veces y ha salido indemne como consecuencia de todo lo creado. Compartió vida con Cezanne, después de haberlo respaldado y consumido, lo absorbió como absorbió a Van Gogh, o a Tolouse Lautrec, y también a Gauguin, al Greco. Asoló a todos con su maldad de inventor, de restaurador, con su vertiente más lúcida, con su designio más obvio. También está por ver quiénes son de verdad los fallecidos, o acaso están vivos todavía. Sobre todo Modigliani, a quien tanto admiraba y por quien tanto sufrió. El arte no muere, Picasso vive todavía, como viven sus obras, como lo sienten sus admiradores, millones de hombres y de mujeres, vivos hasta el desparpajo, supervivientes del deseo de seguir amando al genio. Picasso no ha muerto, ha muerto el hombre.

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