Nacemos, ¿para qué nacemos? (Pensamientos de un recién nacido).- Eduardo Lastres

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Por el nacimiento de un nuevo miembro en mi familia, la pequeña Sofía.
Nacemos para vivir, para sentir, para oler, tocar, oír, hablar, pensar, escuchar, para creer, para apreciar, para soñar, para dormir, para morir.

Nacemos para vivir nuestra vida, nuestros encuentros con el otro, con la madre, el padre, hermanos, si los hubiera, para formar parte de esa comunidad de seres que tiene una misma esencia, que se apoyan y sufren juntos, sí, hay que sufrir y gozar de las cosas de la vida y buscar la felicidad como un bien seguro. Nacemos para sentir todas las cosas de este maravilloso mundo, si se tiene suerte y uno nace en un lugar donde haya libertad y la sociedad sea generosa. También nacemos para luchar por una sociedad más justa, con la esperanza en que la suerte sea para todos una posibilidad de vida, sería lo justo. Nacemos para oler como sabe una madre, su cuerpo, sus manos, su aliento, su leche nutricia, para oler también la casa en que crecemos, la primera papilla, las sábanas, el aire que respiramos, nuestra caca, pequeña aún pero suficientemente olorosa. Nacemos para tocar y ser tocados, para sentir la textura del cuerpo propio y el ajeno, para tocar los objetos duros y más suaves, sensibilizarnos con lo fino y con lo basto, para sentir el frío de una cristal en invierno o el calor de los cuerpos en verano, para pincharnos con las puntas y lo romo de los muebles. Nacemos para oír el corazón de la madre, aunque primero hayamos oído el nuestro, los ruidos de la casa, los pasos, desde que despertamos identificando poco a poco los movimientos de los que amamos, a quienes conocemos, los ruidos extraños de la calle, aquello que aún no vemos, pero que adivinamos cada vez más cercanos. Nacemos para hablar, para balbucear primero, para imitar la voz de nuestros padres, queriendo decir que aquí estamos, somos algo, soy yo mismo, aunque no sepa explicarme, pero emito sonidos, empezando por lo más simple, “ba ba”, “ma ma”, “pa pa”, hasta hacernos entender, a veces, con pequeños gestos y guiños, con llanto. Nacemos para pensar, sin saber ciertamente qué hacemos aquí. Nuestros sentidos nos responden a algunas de nuestras preguntas, pensamos en lo que significa el espacio que habitamos, las personas que vemos relacionándolas con esa persistencia de su presencia, con los objetos que nos rodean, con nuestro propio cuerpo, quiénes somos, de dónde venimos, por qué estamos aquí, el adónde vamos, también, pero que poco a poco desde el principio presentimos. Nacemos para escuchar todo lo que llega a nuestros oídos, sobre todo, las palabras, los sonidos que emiten las personas cercanas, que sin entender su significado las percibimos buscando su sentido más allá de nuestra ignorancia. Nacemos para creer en lo que vemos, identificando poco a poco cada cosa, y, así, constatar la realidad, la que vivimos día a día, para creer que lo que pasa tiene una cadencia, el día, la noche, el dolor, el placer. Nacemos para apreciar las cosas que empezamos a vivir, el placer de reconocer, las ganas de comer, la satisfacción de estar sanos, vivos, sentir que esta cadencia de vida es al menos placentera, también, aprendemos que no siempre lo es, pero que remedio, no podemos hacer nada. Nacemos para soñar, qué cosa tan extraña el sueño, ese espacio inexistente donde ocurren cosas que parecen reales, que nos asustan, o nos satisfacen, y que todo vuelve a ser habitual, cuando despertamos. Y así sabemos que hay una vida normal, en la que podemos actuar sobre ella, al menos algo, y otra donde no tenemos el control y estamos como en otro mundo, reconocible, sí, pero extraño y lleno de situaciones donde puede pasar todo y nada que podamos cambiar. Nacemos para dormir, para cerrar un tiempo y comenzar otro, distinto, donde se pierde la conciencia, la pequeña conciencia que podemos tener. Pronto sabemos que dormir es necesario, que nuestros ojos se cierran sin querer, como si se cerrara una etapa de nuestra vida todos los días, cada cierto tiempo durante el día. Cuánto dormimos, en este primer estado, y qué a gusto se está, en ese mundo de la nada, de la desconexión con todo, tan necesario, tan pronto a despertar, esperando que nada haya cambiado, y nada cambia, todo vuelve a ser igual o parecido, las mismas cosas, el mismo paisaje, las mismas personas, cuando dormimos y cuando despertamos. Nacemos en fin para morir, cada día, cada segundo, estamos expuestos a morir por cualquier cosa, y eso lo aprendemos poco a poco, en cada momento de nuestra vida. Si al principio estamos en la seguridad del nuevo espacio, el hogar, los brazos de la madre, el dolor puede venir, la enfermedad, la desgracia. Así aprendemos a ser precavidos, sin tener miedo de la vida, a mantenernos en un estado de alerta, pues si no lo hacemos, podremos estar en riesgo de sufrirla. Y así constatamos que es bueno no morir, vivir esta vida que nos han regalado sin que lo hayamos querido, sin que nadie nos haya pedido permiso para venir a este mundo. Nacemos porque sí, para sufrir o disfrutar de este vivir, si se puede, más no depende de nosotros, ¿una existencia grata, ingrata, feliz, infeliz…?, ya veremos, tenemos toda una vida para experimentarla.

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