El mundo resplandeciente de Emilio Varela en el MUBAG .- Eduardo Lastres

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La luz a través del agua era un juego muy bello para Varela. En estado de semiinconsciencia y con el cuerpo hacia arriba, el sol brillaba entre las láminas de agua creando unas formas luminosas que acariciaban la mente del artista.

Acaso eran lo primero que, en mucho tiempo, Emilio Varela (Alicante 1887-1951) había visto, sentido, diferente. Pero solo duró unos segundos, alguien lo sacó del agua, desde donde aún se podía hacer pie. ¿Había decidido suicidarse, dejar este ingrato mundo? El mundo de un Alicante incomprensiblemente displicente y anodino, según palabras de Oscar Esplá, el gran músico, el amigo, que había marchado en tiempo de la guerra civil a Bélgica. No cabe duda que Emilio se sentía solo e incomprendido, ni siquiera su familia, sus hermanas y hermanos lo podían tener en cuenta, aunque sus cuadros llenaban el hogar compartido con sus hermanas, que estaban retratadas en sus pequeñas faenas caseras. Varela cumplía más de cincuenta años y habían pasado muchas cosas. Sobre todo, la guerra civil, el exilio de amigos, la muerte de Gabriel Miró en el año 1931, tan solo Daniel Bañuls, el escultor de la fuente de Luceros, le acompañaba en las mañanas frente al mar, en su explanada, para tomarse un cafelito. Pero su obsesión por pintar seguía incólume, desde que con apenas doce años entró en el taller de Lorenzo Pericás, para después ir a Madrid al estudio de Sorolla, con el que estuvo dos años y con el que mantuvo una amistad hasta la muerte del pintor valenciano. Pero, realmente, lo que aprendió fue que no debía seguir los caminos andados, ni imitar a nadie, solo servirse de las lecciones de los maestros para ser uno mismo. Su técnica pictórica fue siempre la de un virtuoso, intuía el color de las formas y sabía dar la intención y el contraste con el que provocar el interés en la mirada del espectador culto. Sus contrates atrevidos y su dibujo creativo, a pesar de basarse en la realidad, eran un signo de inteligencia plástica. Su ojo le bastaba para componer el paisaje, su visión creadora, donde un árbol, un risco, una depresión del paisaje se concretaban con pinceladas seguras y certeras. Su mirada hacia el paisaje urbano alicantino, las imágenes del castillo de Santa Bárbara, del puerto y sus calles son un verdadero hito en el arte que toma la ciudad como un lugar para la creación, su más explicito mensaje a lo que una ciudad, sus rincones, pueden dar. A la manera de Utrillo y sus calles de París, pero mucho más brillantes. Dispuesto para que todo sirva a un fin, al de la pintura, su obsesión.
Aquella misma mañana había estado pintando uno de sus autorretratos, sin saber que había superado en número al maestro holandés Rembrandt. Se calculan más de 130 autorretratos realizados a lo largo de su vida, como documento artístico de primer orden, de expresiones plásticas y de carácter, un extenso diario de imágenes de su propio rostro. Se había visto mayor y sentía que la vida podía haber sido de otra manera. Su obra se vendía con cierta regularidad, pero a precios muy bajos, dispersa por las casas de amigos y conocidos, apenas le daba para seguir comprando más lienzos y, menos mal, que un amigo médico le regalaba los cartones de embalaje de las radiografías, que fraccionaba para poder disponer de varios tamaños.
Emilio en los años anteriores a la guerra había sido un hombre feliz, adorado por sus amigos Miró, Esplá, Ángel Custodio…. Juntos recorrieron una parte de la provincia de Alicante totalmente desconocida para los urbanitas. El interior y la costa de Benidorm y Calpe, un espacio geográfico de gran belleza natural que aquellos hombres encontraron como una fuente de inspiración de sus obras, tanto para Miró como para Esplá y Varela, sobre todo para Varela, que pintó aquellos espacios, montañas y pueblos, Benimantell, Guadalest, Calpe, Ifach…, dejando para la posteridad un imaginario que irremediablemente por su fuerte presencia seguirán muchos de los artistas posteriores. Sus pinturas se convirtieron en el referente ineludible. Varela siempre fue consciente de que el arte de la pintura debía ir más allá de una representación bucólica o de genero que predominaba en el siglo XIX y principios del XX. Conocedor de los argumentos plásticos de la modernidad, el expresionismo, el impresionismo, incluso el cubismo, los aplicó a sus obras, aunque estas no fueran del todo entendidas por sus conciudadanos.
Sus pinturas, allá por los años veinte, significaron una verdadera conmoción, despertaron la admiración de los artistas y de la crítica, fueron valoradas por su modernidad. Sus óleos resplandecían con gamas de colores de una luminosidad vibrante. A partir de los años cuarenta, sus obras se fueron haciendo grises, ocres, como si una pátina oscura hubiera cubierto su mirada. Pero Emilio Varela siguió pintando hasta el final de sus días, a pesar de las angustias y reveses de la vida provinciana de Alicante. Ciudad a la que amó igual que a su pintura.
El MUBAG expone, hasta finales de Septiembre, cuatro obras que renuevan la exposición permanente del pintor. Cuatro deslumbrantes pinturas, fiel testimonio de lo aquí escrito, en las que se ve todo su genio y toda su valentía que como ser humano no pudo desarrollar, no le dejaron, pero sí como el gran artista que es. Un artista para la eternidad.

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