JORGE OTEIZA. El sueño del espacio.-Eduardo Lastres

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JORGE OTEIZA. El sueño del espacio.-Eduardo Lastres

Jorge Oteiza dixit: “Limítate a ser forma, espacio, pero un espacio abierto…”. Después de estar media vida entre los cuerpos gastados de la historia, él es algo ambiguo hasta cumplidos los cuarenta, amante todavía de la tradición, hasta que encuentra la luz de las formas contenidas en un cubo.

Jorge Oteiza a partir de entonces mira al cielo tras el espejo curvo de una catenaria. El rigor, su rigor de artista, se convierte en seducción, en fórmula matemática, en cristal trasparente. Todo lo ve desde los ojos de la geometría, pero ¿acaso era diferente de cuando creaba cuerpos metidos en estructuras de hormigón y piedra? Sus apóstoles de Aránzazu, rezaban, más de doce, a un dios eléctrico, virginal, plástico, algo así como las recetas de la cocina más primaria, aprendida en los campos necesarios de su Navarra; pero, al mismo tiempo, una reflexión iba a cambiar la historia de la escultura mundial. Oteiza era como un pistolero del oeste, en su tierra verde y cálida, una autoridad que llamaba directamente catetos a los incorrectos árbitros del arte más tradicional español. Con atributos de dios vasco, duro como el granito, pero poeta, como los poetas que rompen la piedra de un cabezazo. El cubo le trasladó a la esfera, la esfera, al columpio de la infancia, al trabajo de herrero de sus ancestros, al recorrido obligado de las formas más simples, para definir el mundo complejo de la realidad. Teórico imposible, implacable, poeta de las formas más puras, encasillador de espacios en su laboratorio experimental de formas, cuando ya ha sentido el peso de la historia, esa historia que él instituirá a partir de su experiencia como creador. Nadie puede seguir a este bárbaro hecho de piedra, pero todos sentirán su peso, su discurso entre teórico y poético. Oteiza sabe que a mayor esfuerzo, mayor gloria, solo su cuerpo de excesos y de teorías podían desanclar el arte decadente de los ministerios franquistas. Sus discusiones con el director de la revista Goya, Camon Aznar, culmen del arte franquista, son famosas, por irreverentes. “… solo Oteiza sabe lo que dice Oteiza”, objetará su contrario para la historia, pero sus palabras eran esclarecedoras en tiempos de miseria cultural. Solo el artista lo ve. Oteiza, después de su triunfo, de su gloria de inventor, se retuerce de éxito en ese retiro navarro deseado, en el que a la vuelta de la visión de la forma recurrirá a hacer poesía con las manos, con unas pequeñas formas geométricas que son las tizas, las humildes tizas de yeso que se utilizan en los colegios para escribir, para dibujar, pero a él le servirán para aumentar su mito de creador exclusivo, altivo en lo pequeño. El yeso, las pequeñas formas poliédricas, después del acero estructural de la mente, el material blando, harinoso, sencillo. El hierro será justamente abandonado por Oteiza, todo está dicho. Pero lo recogerá, adaptándolo a sus posibilidades, el más listo de la clase, Eduardo Chillida, con el que mantuvo una discusión de casi un siglo sobre el arte de la apropiación y de la copia. Pero ya hablaremos del otro vasco, de su regodeo en las posibilidades del esfuerzo colectivo y del vicio de las manos.
Pero si hay alguien que pueda emular a este cabra loca, grosero, insultón y fiera con pistola, ese es Picasso, aunque su discurso, como lo son todos los discursos, sea diferente por conocimiento, y en Oteiza, más por intuición. Hay que diferenciar entre estos conceptos, si queremos entender al Jorge Oteiza escultor. Picasso procede de una lección que es la construcción de las formas a través de la mirada al modelo, al paisaje. El malagueño sabe, ha sabido desde siempre, que el modelo solo es el pretexto para, desde su óptica, cambiar de estilo cuando quiera. Es ese afán de cambio, pero en el mantenimiento de la estructura, lo que Picasso plantea en cada nueva etapa. Mientras que Oteiza ve directamente el contenido del espacio, de las formas, pero también, el resultado de otra confrontación, la de la realidad con el espejo de las formas, es decir, una visión que descubre las posibilidades de lo oculto en la formas más simples, en los volúmenes más exactos. Jorge conoce muy bien la obra de Picasso y, por eso, desprecia su miedo ancestral a la falta del modelo. Oteiza elimina el modelo para gestionar otras formas que están presentes en las formas más antiguas, aquellas que nos llevan al hombre del paleolítico. Ahí está la clave. Paul Cezanne, en la modernidad, escribe el nuevo teorema para el arte, su parecer geométrico de las formas. Picasso lo sigue pero hasta un punto de antigüedad ibérica. A partir de ahí todo está por decir. Oteiza lo supera y baila sobre su culo geométrico. Todo es espacio, formas, huecos, acumulaciones, trasgresiones, la abstracción en suma. Algo de lo que parte el concepto, y de eso sabe mucho más Oteiza que Picasso. Picasso el gran creador de formas humanas, Oteiza el creador de formas naturales, elementales. La naturaleza en su forma material, pétrea, es un elemento para estudiar, para congeniar en él la voluntad de la curva, del ángulo, del hueco, y de ahí Oteiza saca lo que más le interesa, un mundo nuevo, una mirada nueva con la que ver la realidad trasmutada en volumen. Oteiza como la voz terrible de la naturaleza. Picasso, la voz antigua del arte.

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