Humo – Eduardo Lastres

En esa duerme vela, minutos antes de despertar por las mañanas, cuando las imágenes de los sueños se viven con una realidad muy especial, visualicé hace unos días una escena cinematográfica, no de una película en concreto, sino propia del imaginario del cine. Un personaje desde el interior de una casa se dirige a la calle, abre una puerta y sale al exterior. Es una casa típicamente americana, con un gran porche de madera. Se recuesta sobre la pared, de tal manera que yo solo veo el perfil de un hombre alto apoyado. Me doy cuenta de que hay humo y miro hacia abajo, descubriendo que en la mano tiene un cigarrillo. Y pensé qué tema tan bonito, el humo. Pero ¿qué tiene que ver el humo con una reflexión sobre arte? Pues, en primer lugar, el humo forma parte de nuestra vida. Si bien ahora lo hace de manera más sutil, no solamente a través del humo del tabaco, cada vez menos presente, el vapor de agua, en las cocinas, las nieblas mañaneras…, hasta hace poco el fuego, el humo de las chimeneas de las casas formaba parte de nuestra cotidianeidad, el humo de los trenes en la estación o a lo largo del viaje. Pero también la niebla, incluso el humo de las fábricas. El humo es algo casi inmaterial, sin densidad, aire sucio, evanescente, un fenómeno físico que nos remite a la memoria, como las imágenes que con el tiempo van perdiendo corporeidad pero permanecen por su significado, como abstracciones de lo que fueron. El humo nos devuelve a ciertos lugares, al campo, a tiempos de la infancia, a la chimenea de la casa del pueblo. Ante el fuego, nos quedamos prendados, mirando el juego del humo, cómo reverbera, desaparece. El humo, las formas del humo, también tiene un lugar en la historia de la pintura y de la imagen representada, a través de las diferentes manifestaciones visuales, fotografía, cine…. Aparece por primera vez en el siglo XVI, cuando la pintura más documental, que no realista, registra las maneras de vivir. Pintores como Tenniers, donde en sus lienzos, aparece el humo de las chimeneas en invierno. El humo aparece de manera muy clara en la obra de El Bosco. Pero también en algunas obras de Velázquez, como en Las Lanzas, en el que la solemnidad y buenas formas de los protagonistas del primer plano, no impide ver que se trata de la rendición tras una gran batalla, pues al fondo aún humean las hogueras. Aunque quizá uno de los pintores que más juega con la luz, en este caso de las velas, es el pintor francés George La Tour, como focos que reverberan en la carne y los elementos que las circundan, y consecuentemente prevalece el hilo del humo que sube en vertical desde la llama. A partir de aquí son muchos los autores que han utilizado este registro, de manera más o menos directa, como es el caso de Goya y su serie de las Pinturas Negras, en las que el humo, esa especie de inmaterialidad visual se trasmite juntamente con el drama, con la experiencia de la Guerra de la Independencia de los franceses. En la pintura inglesa del XIX, y en algunos autores del impresionismo como Monet. Todos tenemos la imagen del tren entrando en la estación, y el impacto del humo invadiendo todo el espacio del andén. Desde sus inicios, para la fotografía, en esa primera imitación a la imagen pictórica, el humo, la niebla fueron grandes aliados, convirtiéndose en temas clásicos en la visualización del paisaje, de las ciudades, sobre todo, sus calles a partir de la industrialización y el nuevo ambiente que generaban sus chimeneas, su actividad. Las nieblas de las grandes ciudades han quedado en el imaginario colectivo, en los libros de fotografía sobre grandes ciudades. La idea de la bruma sigue siendo muy utilizada, incluso en la actualidad. La fotografía de paisaje busca esas localizaciones donde la naturaleza juega a desvanecerse, a ocultarse del objetivo, creando esos espacios blanquecinos que aportan esa dimensión de misterio, de difícil reproducción, de abstracción. Compartiendo ese espacio indefinido con la pintura, Gerhard Richter, nos remite a esa mirada evanescente en su obra figurativa, vistas de las ciudades y del campo alemán. Una concepción llevada al límite en su obra abstracta.
Pero hay una imagen del fotógrafo Helmut Newton, una de las fotos más bellas que he visto, se trata de una mujer desnuda, tumbada, fumando, que deja escapar una bocanada de humo, que se queda plasmada en ese instante fijado por la fotografía como una gran serpiente viva que sale de su cuerpo. O la del artista alicantino Pepe Calvo, en su última serie, EGO, también el mismo aparece, en un espacio palaciego, inundándolo todo con esa gran nube que sale de su boca, el humo de un cigarro.
La letra de una zarzuela muy popular dice así: “Por el humo se sabe donde está el fuego. Del humo del cariño nacen los celos”. Un curioso guiño a esa identificación entre el humo y la vida. Pero si hablamos de humo tenemos que hablar del cine. Sara Montiel nos inunda de humo, en ese fumando espero al hombre que más quiero. En todo el cine americano de los cuarenta y cincuenta, el fumar era el acto más inmediato, más sensual, más significativo. El humo era necesario en la escena, como un acto compulsivo aunque se hiciera con una gran laxitud. Pero es que la escena del viaje en tren es inconcebible sin el humo en la estación, sin la columna de humo surcando las montañas. Quizás sea el ataque a las torres Gemelas la expresión mas brutal del humo. El humo como una expresión de múltiples y variables significados que se ha ido renovando a lo largo del tiempo en el cine, la fotografía, la pintura…

por Eduardo Lastres

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *