El gesto desesperado de De Kooning..- Eduardo Lastres

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Willem De Kooning (Rotterdam, 1904 – Long Island. NY, 1997), estudió durante ocho años en la academia de arte de Rotterdam. En 1926 emigra a Estados Unidos, y después de un largo periplo por diferentes ciudades se instala en Nueva York.

Allí entabla amistad con Arshile Gorky, quien le introducirá en el automatismo, influencia a su vez de Joan Miró y Picasso….
De Kooning miraba, a su llegada en barco a Nueva York, la fotografía que se había hecho con su madre, que ya se hacía vieja al llegar a la ciudad de los rascacielos. En poco tiempo representaría esa imagen que remite a lo sabido, a lo estudiado, a lo asimilado, que era mucho. Esa imagen era como la que estudió en sus libros de arte, en su Holanda natal, pero la había traído a Estados Unidos para conservar en ella todo lo aprendido. Una imagen que sirvió de rumbo a una nave de entendimiento que solo podía hacer navegar este artista plagado de historia acumulada en sus entrañas. Pero perdió la partida con Jackson Pollock, un inadaptado que nada o poco tenía que ver con él. Sin embargo ellos fueron dos de las tres puntas de lanza del arte americano. La tercera sería el ruso Mark Rothko, otro inadaptado religioso, que descubrió sus ansias cuando miró las paredes de su trabajo en América y percibió el relato descrito en los iconos rusos. De Kooning supo, con el tiempo necesario, el arte que debían hacer. Después de haber ganado la guerra mundial, el resultado obligaba a los ganadores a crear un mundo de novedades, y lo harían con el sueldo y la beca estatal. El dinero también podía potenciar una nueva creación artística y en esta ocasión los dos más inhábiles, Pollock y Rothko, y el listo de la clase, De Kooning, llegarán a descubrir las claves por las que el arte de la pintura seguía dando pasos hacia su desaparición. Pero había que hacerlo, y De Kooning descubrió que en la pintura vale más la voluntad que la paciencia, o las dos a la vez. Vivió el triunfo de los otros dos, mientras él, el Picasso americano, como le llamaban, tardó en ver lo que desde su conocimiento podía hacer. Pero se convenció, llamó a las puertas del arte de su tierra y, en dialogo con Rembrandt y Franz Hals, miró hacia el cuerpo para buscar en él todo la energía que la pintura podía dar. Surgieron sus Woman, las terribles Woman, vertiginosas como diosas del dolor, de la insatisfacción, del llanto, de la histeria. Las pinceladas locas en apariencia, disueltas entre el fondo de matices irreconocibles, tortuosas, pero constatando que el ser pintor es asumir todos los riesgos, incluso el de perder lo que ya sabe hacer. Y eso le costó a De Kooning sangre, sudor y lágrimas: la sangre derramada por el cuchillo que corta la carne con tajos violentos, el sudor de tanto tiempo empleado, lo que no debía ser, en descubrir cuál era el camino, y lágrimas por lo no aprendido, por lo oculto, por el esfuerzo de sacar desde su ser toda la lección de lo impensable, de lo muchas veces indefinible. Ahí empezó a ser la palabra lo que definiría el resultado de la obra, al menos, la causa de su producción, el gesto, ese barrunto de virtudes capaz de generar lo nuevo, imprescindible para una sociedad que quería ver lo que sus hijos podían hacer. Aunque casi todos ellos eran hijos de otras tierras. Pero América es así, visceral, conquistadora, destructora, si hace falta, a veces inusitadamente novedosa, al mismo tiempo, austera. De Kooning aprende la lección aunque le cueste ser el menos europeo, sabe que solo así será universal, pues su arte ha huido de las fuerzas opresivas de la tradición para ir sobre los lomos de la historia. Así también la pintura, esa expresión de dispersión, de derramamiento, de siembra, aterroriza a la tradición de Giotto, Fra Angelico, Leonardo…, del propio Picasso, tan lejos ya del aire de la guerra y de la barbarie del triunfo. Jamás se verán de cerca dos expresiones de pintura, Picasso versus Pollock, pero sí, desde esa coherencia de los siglos, Picasso versus De Kooning. Pero es el español el que retuerce su pincel ante la nada histórica de De Kooning, es Picasso el que retiene cuanto puede su expresión, su arte, sabiendo lo que se dice de él y lo que puede aportar a esa nueva dirección del arte. En el fondo, De Kooning escribe con renglones torcidos lo que Picasso hace en esa revisión histórica del arte universal. Pero algo quedaba por decir en realidad, y ese fue su descubrimiento: todo está por decir, los renglones torcidos son también expresión, y aunque esta suponga una nueva decisión, el arte no puede vivir sin la necesidad de expresión, ese es el reto.
De Kooning sabe, como europeo que es, que el arte se mantiene sobre pilares nacidos en este siglo XX, pilares que han marcado los límites para ser saltados, para demostrar que no existen límites en la creación, y ahí está el sueño americano: la abstracción, el gozo, la velocidad, la geometría más estricta y también el gesto, su gesto desesperado, encontrado.
De Kooning realiza el mismo viaje de Pollock a Long Island, reproduce en ese espacio idílico lo que antes él como pintor no pudo hacer, ser el más grande de los pintores americanos, llenar el alma del pueblo americano de esperanza en el futuro del arte. Allí en ese espacio vivió y murió lentamente su pintura, su arte, antes de morir él.

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