Frida Kahlo. El dolor, el amor, la pintura. Niña de los altares, mujer rota.- Eduardo Lastres

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Frida Kahlo (México. Coyoacán, 1907-1954) nace en una de las ciudades más emblemáticas del continente americano, y también nace del amor de su padre por la fotografía y del primer dolor de su extremidad rota por la polio.

Pero este dolor no será el único. El destino reaccionario y cruel sembró de tristeza y dolor su cuerpo ya deshecho. Un terrible accidente con dieciséis años la partió en mil pedazos, cuando aún era una adolescente que empezaba a saber lo que quería. Frida, mujer entre cuatro hermanas, mujer trágica, futura médica, pero, al final, pintora, pintora de historias de sí misma. La pintura será su rebelión contra el destino, contra el silencio, desde el silencio, desde la postración, el duelo, será la manifestación, la crónica. ¿Pero era el dolor solo su motivo? Había otro dolor, el del alma enamorada de un mito, Diego Rivera (Ciudad de México, 1886-1957), de un cabrón que le puso sus cuernos como si fueran suyos. Frida sufrió del amor incontestable, infinito, como el volcarse en esa lucha por el placer tan negado, tan extraño. Desde que lo vio, todo fue el deseo, el atrevimiento, la concupiscencia, el desafuero. Su mente, su cuerpo, su rostro eran ese rastro del carbón en los bocetos de Diego, su Diego, desde el principio hasta el final. Veinte años mayor que ella, feo, alto y gordo como un sapo, pero un delicado sueño para Frida: el sentimiento de que todo podía ser junto a este monstruo sin cabeza para la vida, sí para el arte. Así ante el convencimiento de Diego de que era la mejor artista plástica de México, Frida aprendió a ser esposa, compañera, y así también dejó constancia de su ser, en los encuentros sucesivos con la muerte, bajo el influjo de un deseo más fuerte que la vida, el del amor. Frida comenzó a construir su diario de imágenes y palabras donde volcar su historia, su triste, milagrosa, historia de dolor y amor. Ese amor que solo conciben los que saben que un sueño significa más que una vida, que un amor es mucho más que el silencio de la muerte. Y así, desde esas fuentes, después de muchas horas y días y meses de postración, surgió el ámbito de presencia más clara que se haya dado hacer por mujer, o por hombre. Una liberación que sabe de sus propios recursos: la construcción de su propio mito, de su propia devoción por el arte, de todo lo que podía contar con él.
Mujer extraordinaria, en lo humano, en lo intelectual, bella, fuerte, ¿para su mal? quién lo sabe, enamorada de un dios o un diablo que le lleva a la revancha, al desafuero, al amor pasajero. Pero la voz que fue cimentando será como un grito de niña y de mujer constantemente amarga, inacabada. “Quiero un dieguito”, decía, un dieguito para sustituir a su amor adolescente, que aguanta todo por ser feliz. Pero Frida no es una mujer vulgar, reservada y sumisa, así que ronda la mentira como una artista y la convierte en verdad oscura. Méjico será su casa, siempre, pero los Estados Unidos serán el ámbito de Diego y también, por momentos, su pasión. Allí la operarán varias veces, para aplacar el dolor pero también para pintar, para contar su historia de niña atrapada por la angustia de sobrevivir al dolor físico y al horror del desamor. Su obra se fue haciendo pintura, retrato, visión de su propia vida, y en ella volcó su solución al problema de la existencia, al problema insalvable del olvido. Y allí Frida salió triunfante aunque ese triunfo no fuera más que otro dolor, este casi postrero, el de la traición, una más pero esta más importante, la de la sangre. Pero Frida se exculpa, se muestra generosa. Se ha casado con el genio Diego Rivera, al que admira, al que ama, más que a su propia vida, un hombre infiel como su arte, destinado a ser estrella que no brilla, a ser el monstruo que aparenta. Y Frida sigue a su mente adolescente, queriendo arreglarse a sí misma pero también a los demás. Tendrá una conciencia social extraordinaria, sincera, que la llevará a amar el mar tempestuoso que libera el dolor. Y ahí estará ella, con toda su verdad, con toda su expresión cansada, a veces, siempre descriptiva, consecuente. Política incansable Frida, en su nación, México, que sobrevivía a la dictadura del militar Porfirio Díaz, aspiraba a ser libre de pensamiento y de expresión. Amó al disidente comunista Trosky, quien fue su verdadero amigo, deslumbrada por su inteligencia, porque: “el amor solo lo merece aquel que nos deslumbra, que nos seduce con su inteligencia” dirá Frida. Pero su deslumbramiento por Diego Rivera será eterno, como la imagen que representa lo que deseamos ser en esta corta vida. Se divorció de él, 1939, para volver a casarse un año después, 1940. En sus momentos de paz con Diego, su relación era perfecta, su casa era un reguero de personalidades de todas las disciplinas que buscaban el amparo de esta mujer, mitad dolor, mitad artista, dos partes de la misma fibra humana, con vestigios de sueño universal, con soluciones nuevas a problemas viejos. Andre Bretón, el jefe del surrealismo, le dijo: “Tú sí que eres surrealista” a lo que Frida contestó: “No sé lo que es surrealismo, solo pinto lo que veo o sueño por mis propios ojos”. Y así pintó toda su desgracia, todo su amor desgarrado por la existencia, llegando a demostrar que todo ello puede provocar una pintura para la eternidad, todo su temor de niña rota, pero también, de mujer heroica.

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