Francis Bacón nos salva del infierno.- Eduardo Lastres

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Ha dejado la bebida, Francis Bacon (Dublin. Irlanda, 1909-1999, Madrid), ha resuelto dejar también los encuentros por las esquinas, como una buscona, con cualquiera que se le ponga por delante.

Pero no dejará de hacerlo, lo hará con más pausa, entre tiempos de memoria y el volver a renacer en cualquier parte, si es con Diego Velázquez, mejor que mejor. Cómo puede uno obsesionarse con una imagen, con un verso, con un relato; si tan solo es una reproducción fotográfica de su visión auténtica, pero será el motivo de toda reflexión sobre la vida y el arte. Respuesta: para eso hay que ser pintor y Bacon lo es. Es decir, se nace pintor, para después aprender los principios con los que poder expresar lo que se siente. ¿O acaso es la pintura esa aventura de tratar de ser otra cosa que pintor de escenas de la vida o de la muerte? Y qué tiene que ver la muerte en todo esto. Todo, dirán algunos, y no se equivocan. La muerte será la compañera de viaje de este artista, entre borrachuzo y genial, tremendamente expresivo en su condición de hacedor, de constructor de escenas, modernas para su tiempo y antiguas y sabidas para su arte. Francis Bacon se inspira, ya lo hemos dicho, fundamentalmente, en Velázquez en su “troppo vero”, que dijo el propio Papa, Inocencio X, el Papa más famoso de la historia del arte. Sobre el que se puede hablar más que de otros Papas, puesto que fue el que más influyó en el arte de la pintura del siglo XX. Pero Bacon no quiere divagar sobre quién es quién. Solo nos pone delante a un semidiós de la historia con paraguas cerrado en esa capilla de tela negra donde grita, sobre qué, se pregunta el espectador, sobre la muerte. Nos habla de ella, nos alimenta con su grito desgarrado, con su amplia derrota ante la vida. Y así construye Bacon todo un repertorio de cuadros, que más que cuadros son escenografías preparatorias para el amor convulso, para la curiosidad, para el espectáculo. Hombres que se follan, que se miran, que se fotografían en esa ansiedad del viejo voyeur extraordinario; pues eso es Bacon, un mirador como lo somos todos pero él más. No le hace falta ver el original de Velázquez, para qué, solo una reproducción le basta para inventar lo que ha soñado bajo el brazo de un ser anónimo como él, con ganas de morir, preso al deseo de vivir el agotamiento extensivo del placer que se acaba con un grito desgarrado, inútil, extemporáneo.
Solo una bombilla colgada por un hilo en un espacio de colores claros, luminosos, un cuerpo solitario, o dos, entrelazados, numerosos, activos, siempre al borde de la cama, de la extinción, del placer. Retorcidos en ese misterio de los cuerpos que se enlazan para no caer al abismo de la incomprensión, del desamparo, de la soledad entre dos.
Pero también Bacon se retrata a sí mismo, en trípticos innecesarios, voz del mismo grito. Se pinta cual máscara que recuerda a los cráneos tribales de los reductores de cabezas o a las expresivas tendencias del expresionismo cultural de la antigüedad. También retrata a los amigos, a los amantes, a cualquiera que le diga algo extremo, inútil. Y de ahí surge el encuentro vacío con el rostro desgajado, fraccionado, con mil rostros que como él antes se vieron en esa vorágine de rostros y cabezas y torsos encendidos, por el clamor del velo de la impunidad ante la muerte. Y también se sirve de la fotografía, del documento, del hecho singular del impacto entre el objetivo de cristal y el orden plácido de la imagen todavía por destruir. Pues eso es lo que ha hecho Bacon siempre, destruir, deshacer, descomponer, pues en la destrucción está la génesis de la creación, de su creación, a partir de lo que observa. Es un deseo de desamar, tal como la vida le ha tratado a él. Ese incomprendido que sabe entenderse con los trileros y con los depravados, pero también con galeristas, con directores de museos, con teóricos del arte. Y así, desde esa perspectiva de cuerpos deshechos, de rostros desmembrados, arreglados in situ por la cirugía de lo necesario, surgen esas imágenes que definen una historia imposible de vivir sin pasar por el crisol del odio a la naturaleza humana.
Pero hay también otras herencias artísticas, los fotogramas del “Acorazado Potemkin” de Eissestein, la máscara mortuoria de William Blake, de la que tuvo un copia durante toda su vida, admirador de Poussin, de Munch, de Degas, pero también de la poesía de Eliot y, como no podía ser de otra manera, de la herencia de Vermeer, de la visión cercana de sus personajes callados, inmóviles, de su aparente desgana por los espacios donde la ventana es la que ocupa el espectador de Bacon. Espacios cerrados donde el agobio no existe, pero sí el hastío, minimizado por el color, por los colores suaves, casi cerúleos, de las estancias.
Solo esto le bastó a Francis Bacón para emprender una aventura vital que le llevó al gran éxito, tal si fuera un Picasso redivivo, al reconocimiento universal. Toda la vida sirviendo al resplandor de las imágenes soñadas, bajo el influjo de los gestos medidos, como medidos son los rostros y su inflexión en el espacio. Deducido el riesgo de no enfrentarse a las sombras, se resolvió a vivir ese espectáculo de la luz difusa en las carnes, en esa experiencia vital del encuentro con el amor y con la duda.

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