De cómo una Polaroid propició las pinturas de Altamira – Eduardo Lastres

Altamira

Allá por los años sesenta, un grupo de investigadores de diferentes áreas de conocimiento dieron con la invención de la máquina del tiempo. Logro que se ocultó a la comunidad científica, pues no estaban seguros de las consecuencias de sus viajes a través de la historia de la humanidad. Una mañana la máquina del tiempo estaba a su disposición, y se sentían como esos frikies de las películas de ficción sobre máquinas del tiempo y regreso al futuro. Probaron a las afueras de la ciudad, los tres viajeros y el inventor se metieron en la dichosa máquina y pusieron rumbo hacia diez mil años antes de Cristo. A pesar de las contraindicaciones, uno de ellos logró esconder una cámara polaroid entre sus ropas. La tentación de documentar lo que ocurriera era muy fuerte. Al punto, la máquina del tiempo se puso a temblar y girar sobre si misma a gran velocidad y los cuatro amigos se quedaron como dormidos o perdidos en el espacio. Al despertar se encontraron en un paisaje inhóspito, desconocido, en el que sólo se divisaba naturaleza en un estado salvaje. Absolutamente admirados, recorrieron los alrededores, no se miraban ni hablaban entre ellos, hasta que repentinamente apareció un córvido de gran tamaño. Y el de la polaroid casi mecánicamente le sacó una foto.  El ruido del clic hizo que desapareciera rápidamente pero su presencia fue sustituida por la de un fenomenal tigre que rugía con fuerza, mostrando sus grandes colmillos con agresividad. Los cuatro visitantes del pasado corrieron hasta su máquina del tiempo, y como por acto de magia se esfumaron en el aire. Pero en la huida la cámara polaroid quedó en el suelo, frente a las fauces del gran tigre que la olisqueaba con cierta curiosidad, hasta el punto de bajar la guardia y no percibir las maniobras de caza que un grupo de individuos con lanzas realizaban a su alrededor, llegando a acorralarlo. El tigre no tuvo capacidad de reacción ante el ataque que acabó con su vida. Pero entre los cazadores, hubo uno o una que estuvo más pendiente del extraño artefacto que distrajo al tigre que del propio botín de caza. Mientras los demás lo preparaban para su traslado al interior de la cueva, él vigilaba y tanteaba aquel extraño objeto hasta que lo llevó consigo. Cuando llegó a la cueva, a pesar de la euforia de la comunidad por la gran pieza cazada, todos atendieron al chamán que llevaba algo que nunca antes habían visto. En la confusión de manos que querían tocarlo, en el interior del espacio angosto solo iluminado con unas antorchas, se produjo el primer disparo, y un gran fogonazo de luz. Todos se quedaron parados y mudos, viendo cómo aquello escupía una especie de hoja. Poco a poco vieron cómo cambiaba de color y surgía una imagen de aquel trozo extraño. Solo el chamán por su capacidad de observación de los más pequeños y extraños sucesos de la naturaleza, que lo había hecho comprender muchas cosas, tuvo la templanza de examinar aquello y reconocer que la imagen eran ellos mismos en pequeño, era un trozo de su cueva, en el que se veía algunos de sus habitantes. Tras varios días sin ningún otro movimiento, el chamán provocó el disparo, pero en esta ocasión comprobando la escena que quería sacar. Pronto el alimento se les había acabado y estaban preparando otra salida al exterior. También nuestro chamán les acompañaba, pero esta vez preparado con el instrumento mágico, auque no sabía muy bien por qué, pero lo hizo. Cuando estaban a muy poca distancia de un grupo de bisontes a los que pudieron acercarse con mucho sigilo, el brujo le dio al clic, y la manada salió despavorida, pero en esos momentos volvió a accionar el dispositivo y a hacer una segunda foto. Así obtuvo la imagen de un gran bisonte firme en sus cuatro patas, y otra en la que había fijado el movimiento del animal en su huida. Guardó estas imágenes y fue en el transcurso del día buscando fijar otras especies. De vuelta a la cueva, analizó aquellas imágenes durante días y meses, prácticamente aislado del grupo, en el fondo de la gruta, donde solamente él podía entrar. Allí, donde no podía ponerse de pie, solo, con las imágenes, una antorcha, sus instrumentos hechos con pelo de caballo y los pequeños charcos de óxido de hierro rojo, amarillo y negro, comenzó a reproducir las imágenes fijadas por aquella máquina extraña, pero a tamaño casi natural en el techo. Después de varios meses de trabajo y silencio, llamó a toda la comunidad, les habló de aquel objeto, de su poder de reproducir el exterior, incluso había captado el trotar de un animal como el bisonte. Comprobó que eso era algo absolutamente inconcebible para cualquiera de los allí presentes, por lo que les comunicó con grandes gestos que había encontrado la manera de que la comunidad tuviera siempre presente a los animales que les eran imprescindibles para la vida, para su continuidad como comunidad. Les invitó a pasar uno a uno por aquella angosta gruta, casi arrastrándose, para ver los dibujos plasmados en el techo, que él había pintado. Una visión tan cercana que a muchos asustó, podían ver los detalles mínimos del animal, casi sentir su respiración y bravura.

El brujo fue respetado como uno de los miembros más importantes, casi como un dios, o como quien puede comunicar con él. Por siempre las nuevas generaciones reconocerían su trabajo en la gruta. Por lo que después de mucho tiempo de guardar la máquina como un tesoro oculto a la comunidad, sin poderle sacar más disparos, una noche al amparo de la oscuridad, lanzó aquel objeto mágico al interior de una profunda sima, para que nadie la pudiera encontrar, no lejos de lo que hoy conocemos como la cueva de Altamira.

Eduardo Lastres

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