Cosa de gatos.- Eduardo Lastres

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No sé si he contado ya que tengo una gata a la que llamamos Mafalda, una gata que tiene una cara sucia,

como si de pequeña la hubieran incrustado en un cubo de ceniza negra, así, que al verla por primera vez, preví que no iba a ser muy guapa, pero me equivoqué. A medida que fue creciendo las manchas de su cara se fueron ordenando de manera más y más clara, aunque nunca ha perdido su característica más expresiva, su morrito gris oscuro que guarda algo de ferocidad, en contraste con sus grandes y profundos ojos azules. Ninguno en la casa hemos sido de gatos, aunque yo recordaba que, en mi infancia, había una gata que rondaba la casa, asomaba por el quicio de una ventana y se adentraba hasta la cocina donde mi madre le daba de comer las sobras que guardaba para ella. Nada especial, pues yo nunca la tuve en mis brazos, aunque la observaba cuando acurrucada cerca del plato relamía esos sabores con fruición. A estas alturas de la vida, no sé muy bien la razón por la que propuse tener un gato, estaría bien, pensamos, sobre todo mi hija Judit y yo. Al final todos lo aceptamos, y así experimentamos qué era eso de tener un gato. La verdad es que es una experiencia especial. Son diferentes a los perros, mucho, pues ellos mantienen unos rasgos de aparente indiferencia difíciles de controlar. Son, como diría, seres que están fuera de nuestros registros, al menos, eso creemos, pero a la vez son persistentes en sus predilecciones, constantes en sus deseos. Si quieren hacer una cosa, la hacen, no se les puede cerrar puertas, prohibirles espacios, pues quieren controlarlo todo. Nada puede quedar fuera de su infinita curiosidad. Y cuando se lo proponen llegan a ser una auténtica pesadilla. Se suben a la mesa, a la cama, al sofá, te molestan cuando dibujas, parece que ellos también quieren participar y por ello te mueven todo, tiran cosas. Esa es una de las características de Mafalda, lo tira todo con sus manitas, buscando no sé qué, ver y oír cómo caen las cosas una a una, hasta despejar donde se encuentre. La riñes, eso sí, pero no vale para nada, eso le da igual, más bien lo interpreta como que quieres jugar y para eso siempre está dispuesta. Juega con todo, le basta un hilo, una pelotita, un trozo de papel, una sombra, para perder el culo corriendo detrás como una loca. Ellos viven en otro universo de sensaciones y lo que nos toca es intentar aprender a conocerlos, apreciando sus habilidades, que son muchas, su manera de protegernos, de estar.
Con el tiempo he ido viendo que muchos artistas, escritores, poetas, pintores, han tenido gatos y se han fotografiado con ellos. Esa es otra, son animales bellos, en sus largas dormidas, en sus juegos, cuando se posicionan para mirarnos, sus poses son de fotografía. Se enroscan en posturas increíbles, y si les dejas estar contigo, en tus piernas, te relajan mogollón, pues sientes su absoluta confianza en ti. Picasso, Brancusi, Gustav Klimt, escritores como Borges, Hemingway, han tenido gatos, les han dedicado obras. Eliot les dedicó todo un libro de poemas, en el que plantea su personalidad rica y a la vez tan compleja. Somos nosotros los que tenemos que hacer el esfuerzo para entenderlos, para conectar con ellos lo que ellos quieran.
Hoy día FB es la muestra de que el gato es el animal de compañía por excelencia, qué paradoja, con más presencia en este medio que cualquiera. De hecho hay varios espacios de vídeos dedicados a ellos exclusivamente, solo para reflejar sus habilidades, la cantidad de posibles barrabasadas o juegos que pueden hacer. Los ves como si fueran seres a veces con una inteligencia fuera de lo común. Cuando convives con ellos parece que saben hasta cómo y qué piensas. Te despiertan, si consideran que ya es hora de levantarse, que estás remolón. Adivinan cuándo vas a llegar, pues cuando abres la puerta ellos ya están ahí, esperando recibirte. Cuando estamos solos, Mafalda y yo, sé cuando viene mi familia en el coche, ella se acerca atenta a la puerta, a pesar de que todavía van a pasar algunos minutos para que lleguen. ¿Cómo sabe que el coche está cerca, cuando todavía ni siquiera ha entrado en el garaje? Qué sentido tiene tan agudo para poder apreciar cosas que para un humano, incluso un perro, es imposible. Alucino.
Este es el poema que le dedica Borges a su gato: No son más silenciosos los espejos/ ni más furtiva el alba aventurera;/ eres, bajo la luna, esa pantera/ que nos es dado divisar de lejos. /Por obra indescifrable de un decreto / divino, te buscamos vanamente; / más remoto que el Ganges y el poniente, / tuya es la soledad, tuyo el secreto. /Tu lomo condesciende a la morosa / caricia de mi mano. Has admitido, / desde esa eternidad que ya es olvido, / el amor de la mano recelosa. /En otro tiempo estás. Eres el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño.
O este otro poema de Carlos Barral: Ser el gato, / hacer un esfuerzo y ser el gato / transitorio del alba y en la cumbre /del mundo transitado, y presumible. / Ser por fuera del gato todo el gato posible / después del atigrado resplandor de la noche / última y la pasmada contracción felina. / Comenzar en el zinc al borde de las uñas, / en el cielo que escurre el canalón vacío / y en la flor espectral que crece entre las rejas…. Pongan un gato en sus vidas y tendrán una experiencia única. Son una lata, pero bellos. Yo ya tengo tres.

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