BRANCUSI. El principio. La nueva palabra de la piedra.- Eduardo Lastres

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El pintor, fotógrafo y escultor, Constantin Brancusi (Rumania, 1876 – París, 1957) vuela en el caballo de la historia desde su Rumanía natal al corazón del arte, París.

Viene a hacer relatos con sus correligionarios, a hablar con los ancestros vivos. Brancusi reproduce muchas historias de la historia pero la suya es diferente, no es una historia más, ni siquiera es el reflejo de ella, es el poder de celebrar su mente inagotable, su innegable deseo de polémica, para aprender a retener el espíritu de Miguel Ángel, de Desiderio de Settignano, de Auguste Rodín, de Medardo Roso, de la tradición que él mismo ha de saltarse. Secretario, ayudante, amigo, congénere, crítico del maestro, establece que el arte, que la escultura es otra cosa a la que Rodín todavía está sujeto. En la gran exposición internacional de París, al ver una hélice de grandes dimensiones en bronce, Brancusi lo comprenderá: “¡ es el nuevo camino del arte!”, exclamará. ¿El maestro ha sido más avanzado que el alumno? Trescientos años antes, Miguel Ángel ya creó un nuevo concepto de las formas liberándolas de sus condicionantes realistas. Hizo que las formas surgieran de la mente y no del ojo, que las formas fueran recordadas desde aquellos márgenes en los que vive el sueño, la imaginación, la intuición. Y desde esas meritorias leyes o quizá solo pautas turbulentas, desarrollar una expectativa para mirar el mundo con una actitud abierta al conocimiento de lo indispensable. El tiempo le dará la razón a Miguel Ángel, para que otros, Auguste Rodín, descubrieran lo que de verdad tiene ese sentido de libertad, de búsqueda de los límites con el ímpetu más decidido. Pero qué hace Brancusi, en qué línea se introduce, qué cauces tomará para desarrollar su arte, su visión. Constantin Brancusi servirá de puente pero, al mismo tiempo, de ancla y embarque para el nuevo viaje a esa arcadia de los números que propone la risa, la ironía, la extravagancia para algunos, pero también la aversión.
Brancussi asume una lección amarga, destroza el cuerpo, lo embalsama en una piedra que apenas vuela, a ojos del tallista, ¿o es ya el mismo aire? Dos incisiones en un bloque del que va a quedar todo, a pesar de ser lanzado desde lo alto del precipicio. Pues no ha olvidado todo lo escrito por Miguel Ángel. Brancusi no está dispuesto a recoger los trozos, a amasarlos con tierra para luego fundir los excrementos hechos formas en el brillante bronce de los argumentos. Brancussi creará todas las formas, hasta las más amables y sensuales de los amantes, en el bloque. Y los cuerpos soñados de Rodín ya no reposarán en los almohadones de la historia, serán solo un simple bibelot de gran tamaño. Brancussi los ve y rompe en risotadas pero no quiere enfadarse con el maestro, para qué, no tiene sentido, lo admira, pero lo inmola, lo pone donde está, lo traduce en pieza de colegio lo que es pieza de colegio, de estantería; deja el sueño de los bobos para los bobos. Brancusi adopta el gen de lesionar apenas, lo suficiente, para crear un código nuevo, extraordinariamente singular. La lección ha sido aprendida hasta el final. La tradición es salvada por los ancestros, los anteriores a Miguel Ángel, y eso es lo que nos cuenta Brancussi. Aparece en su memoria un arte antiguo, tan antiguo como el de los labrados asirios, los toscos rostros de la Iberia, los restos orgánicos de las maderas hundidas en la piedra de los fósiles. En ellos se ve todo aquello que registra un método, en el que podemos distinguir desde la factura de lo exquisito hasta el dominio de la historia, su lección innegable, todo lo ganado por el viento de la historia que sabe de las formas más que nadie. Brancussi nos define el mundo desde la simplificación de las formas, desde el embeleso de la materia, pero también por la definición de los lenguajes encargados de restar lo innecesario, lo superfluo. Todo queda atrás, todo lo que no nos sirve, pero que quizás servirá a otros, y eso es lo que nos dice: aquí está todo, el vuelo, lo estricto, lo que formulan las palabras del viento, lo que nos ha dejado el contenido de los sueños. Y, otra vez, la reflexión acaba o empieza donde ya no se sabe llegar, en el punto donde se ha de hablar de lo imprescindible, de lo auténtico de las formas, del lenguaje de la naturaleza hecha visión, forma, definición. Brancusi escucha al agua, en su viaje oculto por la tierra hasta los cielos, pero también a la luz que difumina las formas y las convierte en sentido de la estructura plástica. Hay un orden prematuro que rompe el canon ya muerto desde arriba en las escuelas. Hay unas reglas para no cumplir, en el que se ha de derrumbar el espíritu informe de lo caduco. Miguel Ángel y Auguste Rodín, son los plazos marcados de lo establecido, el rigor de las palabras, el rostro fijo de lo que no se puede traducir. Nos enseñan que el final del espacio está en la eternidad de las superficies, en la suma general de los materiales y los módulos. La torre se ha hecho Babel para el supremo conocimiento de las formas, para el impulso hacia un arte sin rémoras ni condiciones de otras artes. La torre se ha hecho Babel, basándose en lo antiguo, en la mirada moderna de Constantin Brancusi.

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