Andrea Mantegna. “El transito de la virgen”- Eduardo Lastres

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“El transito de la virgen”, es la única obra de Andrea Mantegna (Italia. 1431-1506) que posee el Prado,

la escena se ve representada por una virgen yacente en una cama, al fondo, rodeada por los apóstoles, y en la parte superior se abre una ventana desde la que se ve un paisaje de Mantua, en la estancia donde la Virgen, la madre de dios, muere para los hombres, que no para el sentido cristiano de la religión. Es una de las principales obras de este pintor de realidades, perteneciente a un tríptico del que solo se conserva esta tabla, propiedad del rey inglés Eduardo I. Mantegna, seguramente el más prestigioso creador desde el que surge casi todo el arte del Renacimiento. Un artista cuya novedad se vio impuesta por la disposición de los personajes de sus obras, una manera donde la matemática, la ciencia y la intuición más poderosa estaban por encima de los intereses formales de la tradición. Mantegna rompe con la inhibición y se pone al lado de los amantes de la perspectiva, dilucida una nueva manera de entender el espacio, una de las claves sin duda de un espíritu creador de formas y de espacios. La vis pictórica más importante en un siglo en el que muchas mentes dibujaban un nuevo paisaje para el arte. Pero de eso vamos a hablar, de la introducción de ese paisaje real en una escena bíblica sobre el tránsito de la virgen. En la ventana se ve lo que debieron haber sido las lagunas que rodeaban Mantua en la época en que Mantegna lo pintó. Esta resolución plantea diferentes temas, como es el principio de realidad que evidentemente choca con la época en la que sucede la escena narrada de la Biblia. Este atrevimiento, este pintar la realidad existente más allá de la convención, es sin duda un fuerte impulso intuitivo que Mantegna propone con respecto a la pintura, pero también, y más importante, a la forma de ver la realidad. Pinta para que las generaciones futuras y las que conviven con él se percaten de que la realidad, en este caso, las afueras de Mantua, sus lagunas, que eran navegables, ya que figuran barcos en ellas, nos cuenten un relato además de pictórico histórico. Pero por qué Mantegna realiza ese ejercicio de reflejar el momento real, lo que convive con su época. La historia forma parte de la visión plástica de la pintura, de su versión más lícita, más comprensible para un espectador actual. Mantegna busca perpetuar su arte, lanzando un mensaje que por incomprensible, para algunos, puede parecer una simple anécdota, para los que no saben ver y distinguir lo que el artista se propone: cambiar las reglas para una nueva mirada. Este es un nuevo gesto que, por inapreciable, solo van a distinguir aquellos que saben lo qué es la imagen y sus consecuencias en el discurso plástico, su valor para la historia y para el avance de la pintura y el dibujo, el tratamiento del escorzo, el cambio en su concepción. La ventana en sí, su espacio en el cuadro, solo es un argumento más en esa explicación de cómo es la pintura que él ve. En esta obra ha quedado patente el inconformismo, el desencuentro con la convención, el debate sobre lo que se debe plantear en la obra y lo que no. Un debate que seguirá abierto hasta nuestros días, hasta que sea por fin entendido. Habrá otras versiones, otros artistas, como Velázquez, con esa capacidad de ver y de entender los aspectos clave en las obras anteriores, verá esta aportación y la incorporará de manera novedosa en su obra. Así introducirá el paisaje, una batalla naval, en El bufón llamado “don Juan de Austria”, 1632-33 (Museo del Prado, Madrid), con el pretexto de pintar dentro del cuadro, de una forma poco ortodoxa en un extremo del cuadro, pero no en una ventana, sino en un espacio libre a la derecha del cuadro, parecido a una terraza. Más que una batalla o hecho real es un episodio que trasmite lo que Mantegna quiere influir en la visión de los que le suceden para que inicien otra forma de ver. Esa experiencia ha dado diferentes pasos en la historia de la pintura hasta nuestros días. Cy Tombly utiliza esta visión velazqueña para realizar una serie de obras casi abstractas, expuestas en una sala del Museo del Prado, donde la pintura, la suya, se expresa con la libertad y el flujo poético habitual de su obra. Velázquez como pretexto, Mantegna como el iniciador de una verdad que, a fuerza de ser nueva, propicia un hecho plástico de dimensiones múltiples, en razón de la visión de cada cual.
De la misma manera El Perro de Goya, perteneciente a las llamadas Pinturas Negras, es otra pintura extraña por su indefinible imagen, en la que Goya renuncia a seguir la rutina impuesta en la imagen tradicional. Nueva imagen que le sirve a Antonio Saura para iniciar una serie de obras sobre los logros de la gran pintura en la tradición española, Velázquez, Goya, Valdés Leal…, pero en esa búsqueda de la eternidad de la pintura como medio de expresión plástica y sensible del ser humano. Aquello por lo que se lucha, desde el conocimiento, para adquirir el concepto que ha ido creado las grandes obras de la humanidad. El concepto de la trasgresión en función de la apertura a nuevas formas de expresión: motivo central y principal del arte. La revisión constante de aquellos artistas que forman parte de esa rara especie de creadores que renuevan el modelo, que nos dan y abren puertas a la sensibilidad y a la emoción.

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