Alejandro Mira en la Lonja.- Eduardo Lastres

El cine tiene que ver con la memoria, con la creación de recuerdos. Constantemente revisamos las viejas películas con las que nos identificamos en diferentes momentos de nuestra vida, rememoramos las películas que vimos en la infancia casi antes de poder hablar, con una gran precisión en los detalles. Las secuencias de acción, los paisajes, determinadas tomas, diálogos o frases, el rostro de los actores y actrices de la gran pantalla, todas estas imágenes forman parte de un archivo tan propio que, de alguna manera, se hacen inolvidables. La mayoría podríamos reproducir, desde nuestro momento actual, muchas de las escenas vistas en la infancia de El Gordo y el Flaco, de Buster Keaton o de Chaplin, o de películas tan famosas e imprescindibles para el cine como el “Acorazado Potemkin” del director ruso Serguéi Eisenstein, la acción emocionante y dramática de las escaleras realizada con una sola cámara. El cine tiene un atractivo que lo hace absolutamente imprescindible, casi diría, vital. Así como el texto escrito, que también leímos en la infancia y juventud, se almacena en nuestro cerebro, queda ahí en algún lugar, a veces, dormido. El mundo de la imagen permanece para siempre, pero de una manera diferente, ya que no es lo mismo la imagen visualizada que la leída. Nadie que haya visto en directo “Las Meninas” cuando tenía 15, 30 o 60 años va a olvidar jamás su imagen, el impacto es directo, casi sin la mediación del intelecto, solo la sensación, el reconocimiento de significados que no tiene traducción inmediata en palabras, solo físico.
En la Lonja del Pescado en el ciclo Arte Último 21 días que, como saben, comisarío junto con Guillermina Perales, está expuesta la obra de un artista plástico que se ha decantado por el cine, Alejandro Mira. Su dedicación al cine tiene que ver con la necesidad de poner en imágenes esos recuerdos que hemos vivido en el pasado, o en el presente. Desde la óptica del cineasta, la nueva creación del cine intenta, y no podría ser de otro modo, como el propio autor nos comentó en la entrevista que mantuvimos con él y el público de la sala, cambiar algunos de estos recuerdos en una combinación que surge de ese conglomerado formado por los trozos de vida, de su propia experiencia. Trozos de vida que al pasarlos al lenguaje cinematográfico buscan la trascendencia, no solo a través de la reflexión irónica o real, también con el momento perturbador, en el que las cosas que suceden, casi con apariencia cotidiana, tratan de mover nuestras conciencias fuertemente. De eso va la cinematografía de Alejandro Mira, de provocar en el espectador emociones, con historias aparentemente asumidas en el orden cotidiano, familiar, pero que, en sus manos, en la modernidad de su vivencia, intentan hacernos recapacitar, o vivirlas desde otro punto de vista. ¿Provocar o escandalizar? De alguna manera las dos cosas. Por una parte, si existe provocación, es la provocación que supone transgredir las normas estáticas de una convivencia estereotipada y, por otra parte, si hay escándalo, se trata de escandalizar con temas en los que subyace el golpe a algunos de los aún sagrados tópicos de nuestras convenciones o tradiciones religiosas. Convencionalismos que Alejandro Mira necesita romper, llevándolos al límite. ¿Para qué? Para hacernos ver que muchas de las situaciones que vivimos en una realidad común, banal, contienen en si mismos todos los aditamentos para poder convertirse en un drama, aunque sucedan con la normalidad acostumbrada. Lleva a sus personajes hasta el extremo, pero ese otro somos nosotros, reivindicando la función espejo del cine, del teatro.
En realidad todo es un pretexto del creador para mostrarnos las imágenes, las secuencias, las historias, que quiere que se queden en nuestra memoria. Además, Alejandro nos contó algo muy importante en su entrevista con el público: la trascendencia del viaje, del cambio de escenario. El viaje hacia cualquier lugar funciona en algún momento de su vida como una acción necesaria, obligada, para enfrentarse con otras realidades que de alguna forma chocan con las propias. Una confrontación en la que ha ido construyendo una metodología con la que buscar y desarrollar sus temas y su mundo cinematográfico. Escritor desde la juventud, contador, casi siempre, de historias vividas por él mismo, o soñadas, que constituyen el discurso en el que se mezclan multitud de formas de ver. El primer plano como secuencia, con referencias obligadas a la cinematografía de Buñuel, desvela, de diferente forma a la del maestro, su implicación y su conocimiento del lenguaje cinematográfico. Las referencias a Fellini y su mundo de monstruos, de situaciones extremas y complejas en ese juego de humanidad, y la construcción del género con los mínimos materiales de una realidad fotografiada, narrada.
Un discurso asequible, la imagen cinematográfica por si misma lo es, pero también una creación compleja e interesante para un público culto que sepa distinguir y que se sienta golpeado por sus imágenes e ideas, no rechazado, a pesar de la voluntad provocadora, inequívoca, de Alejandro. En realidad el artista busca que sus imágenes y sus historias sean vistas, para hacerles repensar esas imágenes, hacerlas suyas, e imaginar que los mundos que vivimos pueden ser muy diferentes según quien los mire y trabaje.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.